Al mediodía el Papa León XIV se asoma a la ventana del estudio del Palacio Apostólico para guiar el rezo del Ángelus con los fieles y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro. Comentando el Evangelio del XXIV Domingo del Tiempo Ordinario (Mt 18,21-35), el Papa dedica la reflexión al tema del perdón «sin medida»: recordando la pregunta de Pedro a Jesús sobre cuántas veces perdonar al hermano y la respuesta «hasta setenta veces siete», subraya que «el don y el perdón son la base de nuestra existencia» y que «el perdón es indispensable: si falta no se puede vivir en paz». Cita el ejemplo de San Pedro, perdonado por Jesús resucitado a la orilla del lago con la sola pregunta «¿me amas?», y pide a la Virgen María que ayude a perdonar siempre, «incluso cuando es difícil dar el primer paso». Al final de la oración mariana el Pontífice recuerda que dos días antes se cumplió el 25º aniversario de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, renueva la oración por las víctimas e invita a todos a rezar por la paz en el mundo. Siguen los saludos a los grupos de peregrinos presentes, entre ellos fieles de San Pablo de Brasil, de la Asociación Religiosa Jesús Nazareno Cautivo de Roma, del Oratorio Salesiano de Chieri, de Dolianova en Cerdeña, de Asís por el Camino de San Francisco, de la «Familia Bellunese» con la Escuela de Erechim en Brasil y de los motociclistas reunidos para manifestarse por la paz y la vida. Es el primer compromiso público tras una semana de conferencias de prensa y audiencias en el Vaticano y precede, el lunes 14 de septiembre, día del 71º cumpleaños del Papa, la visita a la Biblioteca Apostólica Vaticana para la inauguración de la exposición «AQVA».
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Ángelus del Papa León XIV, 13 de septiembre de 2026
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Fieles reunidos en la Plaza de San Pedro para el Ángelus del 13 de septiembre de 2026 (@Vatican Media)
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo! El Evangelio de hoy nos habla de un valor fundamental de la vida cristiana: el perdón. Jesús lo enseñó y lo testimonió hasta en la cruz, donde rogó al Padre por sus perseguidores con las palabras que todos conocemos: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de hoy (cf. Mt 18,21-35) nos habla de un valor fundamental de la vida cristiana: el perdón. Jesús lo enseñó y lo testimonió hasta en la cruz, donde rogó al Padre por sus perseguidores con las palabras que todos conocemos: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
En el pasaje de hoy, Pedro interroga al Maestro precisamente sobre este tema: «Señor —le pregunta—, si mi hermano comete faltas contra mí, ¿cuántas veces tendré que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). Sus palabras muestran un corazón generoso: el número siete, en efecto, simboliza en la Biblia la plenitud, y «perdonar siete veces» significa perdonar con gran amplitud. La respuesta de Jesús, sin embargo, va más allá: «No te digo hasta siete veces —afirma—, sino hasta setenta veces siete» (v. 22), es decir, más allá de todo límite, sin medida.
Y para aclarar mejor su pensamiento, el Salvador narra la parábola de un siervo que tenía con su señor una deuda tan grande que era prácticamente imposible de pagar. Habiendo obtenido su condonación por pura misericordia, no mostró sin embargo la misma piedad hacia un compañero suyo, por lo cual fue reprendido y castigado severamente (vv. 23-30).
Con estas palabras Jesús nos recuerda que el don y el perdón están en la base de nuestra existencia. Todo nos es dado por Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede considerarse perfecto al responder a tanta bondad. Por eso la gratuidad, que es fuente de nuestra propia vida, es también la mejor regla para nuestra convivencia. Lo experimentamos cada día. El perdón es indispensable y, si falta, no se puede vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, nacen conflictos, acusaciones, rencores y venganzas que destruyen las relaciones, dividen las familias y desencadenan guerras.
Solo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha oscurecido el horizonte y hecho incierto el camino. El perdón, como un viento favorable, disipa incluso las nubes más densas, hasta hacer ver de nuevo el sol. El propio San Pedro lo experimentó varias veces en su vida; en particular cuando, después de haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, al encontrarlo resucitado a la orilla del lago, escuchó dirigirle una sola pregunta: «Simón […], ¿me amas?» (Jn 21,15), unida a una invitación: «¡Sígueme!» (v. 19). Igual que al principio, el día de su primer encuentro, como si casi nada hubiera pasado. Y esta caridad, que olvida y sana, marcará para el primero de los Apóstoles la confirmación de su misión.
Pidamos entonces a la Virgen María, Madre de Misericordia, que nos ayude a perdonar, siempre, incluso cuando es difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence el odio y desarma todo rencor.
Hace dos días se cumplió el vigesimoquinto aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre, en los Estados Unidos de América. Renuevo mis oraciones por quienes perdieron la vida y por quienes todavía llevan las heridas de aquel trágico día. En un momento en que conflictos y violencias afligen a tantos hermanos y hermanas nuestros, invito a todos a rezar para que el Señor conceda al mundo la paz.
El recuerdo del trágico acontecimiento de hace veinticinco años nos impulsa a renovar nuestro compromiso por la paz, ante todo con la oración, que confiamos a la intercesión de la Virgen María.
Y ahora saludo con afecto a todos vosotros, romanos y peregrinos.
Doy la bienvenida a los grupos venidos de San Pablo de Brasil y a los de otros diversos países.
Saludo a los miembros de la Asociación Religiosa Jesús Nazareno Cautivo residentes en Roma, al grupo del Oratorio Salesiano de Chieri, a los fieles de Dolianova, en Cerdeña, y a los peregrinos venidos de Asís por el Camino de San Francisco.
Saludo a la «Familia Bellunese» junto con la Escuela de Erechim, en Brasil; así como a los motociclistas reunidos para manifestarse por la paz y la vida.