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11:00
Biblioteca Apostólica Vaticana, Ciudad del Vaticano
📚 Biblioteca Vaticana
Inauguración de "AQVA" — primer capítulo de "Catástrofe y maravilla"
📍 Biblioteca Apostólica Vaticana, Ciudad del Vaticano
A las 11:00 del lunes 14 de septiembre, día de su 71° cumpleaños, el Papa León XIV visitó la Biblioteca Apostólica Vaticana e inauguró "AQVA", primer capítulo del ciclo trienal de exposiciones "Catástrofe y maravilla", promovido con el apoyo de la Fondazione Roma e Intesa Sanpaolo. El recorrido expositivo pone en diálogo las colecciones y los espacios de la Biblioteca del Papa con las obras de tres protagonistas de la creatividad contemporánea —el artista JR, el tipógrafo Bill Moran y el chef Fulvio Pierangelini— en una reflexión sobre el agua como amenaza y a la vez como recurso. Abre el recorrido la instalación monumental "Diluvium" del artista JR, montada en la fachada del siglo XVI de la Biblioteca. La muestra, comisariada por don Giacomo Cardinali, Simona De Crescenzo, Francesca Giannetto y Delio Proverbio, estará abierta al público del 25 de septiembre de 2026 al 14 de mayo de 2027, y representa un nuevo capítulo en la misión secular de conservación y divulgación de la Biblioteca Vaticana.
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Highlights - BAV: exposición AQVA Catástrofe y maravilla
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La Biblioteca Apostólica Vaticana, con motivo de la visita del Papa León XIV para inaugurar "AQVA" (@Vatican Media)
Discurso al personal del Archivo Apostólico y de la Biblioteca Apostólica Vaticana (traducido)
Excelencia, Excelencias, queridos hermanos y hermanas, señoras y señores, antes de saludarlos formalmente con un breve discurso que he preparado, quisiera solo decir que Dios, en su Providencia, y a veces con cierto humor, nos recuerda siempre que Él está con nosotros. Muchos de ustedes tal vez no saben que mi madre era bibliotecaria, y hoy me encuentro aquí, por mi cumpleaños, precisamente para saludarlos a todos.
Excelencia, Excelencias, queridos hermanos y hermanas, señoras y señores,
antes de saludarlos formalmente con un breve discurso que he preparado, quisiera solo decir que Dios, en su Providencia, y a veces con cierto humor, nos recuerda siempre que Él está con nosotros. Muchos de ustedes tal vez no saben que mi madre era bibliotecaria, y hoy me encuentro aquí, por mi cumpleaños, precisamente para saludarlos a todos.
Agradezco al Archivero y Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, Mons. Pagazzi; saludo a los Prefectos y Viceprefectos de la Biblioteca Apostólica y del Archivo Apostólico, con los directivos y todos los que allí trabajan; a la Presidenta del Gobernatorado y a algunos amigos y bienhechores, a quienes expreso mi viva gratitud.
Por primera vez como Pontífice visito la Biblioteca Vaticana, siguiendo la estela de mis Predecesores. Esto quisiera ser un signo de la cercanía y el aprecio del Papa por la misión del Archivo Apostólico y de la Biblioteca Apostólica, al servicio del desarrollo y la divulgación de la cultura, en favor de la Iglesia y de toda la humanidad. En particular —como afirma la Constitución apostólica Praedicate evangelium— por la «custodia y valorización de los actos y documentos relativos al gobierno de la Iglesia universal» y su estudio (n. 242), y por «recoger y conservar un riquísimo patrimonio de ciencia y de arte y […] ponerlo a disposición de los estudiosos que buscan la verdad» (n. 243).
Al pensar en una biblioteca, la imaginamos como un ambiente sosegado, tranquilo. En efecto, los libros son silenciosos y piden silencio. En realidad, si por un lado un libro pacifica, por otro enciende la inquietud, alimenta el deseo y el coraje de la búsqueda. San Agustín es un emblema de esta dinámica. Lleno de vida y de tormento a causa de fuerzas poderosas que se enfrentaban en él —como él mismo escribe— durante años «lanzaba gritos desesperados» (Confesiones, VIII,12,28), hasta que le llegó una voz de niño que canturreaba: «Toma y lee, toma y lee». Enseguida tomó un libro de manos de un amigo, la Carta a los Romanos de San Pablo, leyó y «una luz de certeza penetró en su corazón y todas las tinieblas de la duda se disiparon» (cf. Confesiones, VIII,12,29). Se apagó la duda, pero no el deseo, que más bien se hizo más fuerte, impulsándolo a recorrer toda la extensión y la profundidad de las Sagradas Escrituras. Él mismo habla de ello varias veces, cuando dice haber estudiado atentamente, encorvado como un signo de interrogación, diversos manuscritos de los libros bíblicos para obtener el mejor texto (cf. In Hept. loc. 3, 6, 14 y 3, 6, 17; Enarr. Ps. 36, III, 6; Enarr. Ps. 138,20). El libro de las Escrituras que llegó a Agustín es el mismo que le abrió de par en par el espíritu. Queridísimos, todos ustedes, custodiando, estudiando y poniendo a disposición de los estudiosos los libros del sucesor de Pedro, ayudan a la Iglesia y a la humanidad a estar a la altura de la profundidad del deseo. Sin él, todo se aleja del Dios vivo, fuente de la verdad y del amor.
¿Cómo describir la Biblioteca del Papa? Recurro a una metáfora: la Biblioteca Apostólica es un corazón. El latido del corazón es el símbolo de la vida, y resulta de dos movimientos contrarios, la sístole y la diástole: una concentración y una distensión, un movimiento hacia el centro y otro hacia la periferia. También la Biblioteca Apostólica permanece viva en la medida en que asegura su propia sístole y su propia diástole.
La sístole: que la Biblioteca Apostólica siga siendo un lugar rico en reserva, quietud, respeto y cuidado. Entre los muros vaticanos, el ambiente casi monástico de la Biblioteca Apostólica recuerda cada día el mandato del Salvador: «Si vas a construir, si vas a combatir, siéntate primero y reflexiona» (cf. Lc 14,28-32). La interioridad de la Biblioteca Apostólica depende también del único e inestimable tesoro que conserva. Si por un lado es necesario facilitar su estudio, también a través de la digitalización y el intercambio que ofrece el entorno digital, por otro es preciso mantener y alentar el antiguo gesto de trasladarse físicamente a la Biblioteca. En efecto, no es solamente un depósito de libros al que se puede acceder cómodamente desde el ordenador de casa, sino una atmósfera hecha de vínculos, confrontación, intercambio de ideas.
Sin embargo, el corazón vive también de diástole, y así nuestra Biblioteca. Nos encontramos en la Sala Leonina, dedicada al Papa León XIII. Él fue un pastor capaz de captar las cuestiones más dramáticas de su época, como los cambios debidos a la revolución industrial. Fue también el Pontífice de grandes pasos culturales, como la apertura del Archivo Vaticano a estudiosos de todo el mundo y el aumento del acceso a la Biblioteca, hasta el punto de transformar un antiguo depósito de armas en esta hermosa sala de consulta. La apertura, la amplitud de espíritu de esta Biblioteca es evidente desde su origen humanista: no solo obras de teología, sino también de literatura, filosofía, astronomía, física, matemáticas, geografía, botánica, zoología, medicina, historia, derecho, arte, economía. No solo libros europeos y cristianos, sino también volúmenes escritos en otros contextos religiosos, provenientes de todos los rincones del mundo. Y esto, muchos siglos antes de que esto se convirtiera en una sensibilidad universalmente compartida. Con este estilo, la Biblioteca Apostólica testimonia la antigua y renovada apertura cultural de la Iglesia. También el ciclo de exposiciones iniciado hoy lo confirma. Signo de esta cordialidad cultural es también la amable diplomacia que encuentra, entre los documentos y los libros del Archivo y de la Biblioteca Vaticanos, un camino abierto, uno de los «pasos de reconciliación» de los que habla la Encíclica Magnifica humanitas (n. 211). ¡Y entonces, adelante! Fieles al pasado y fieles al futuro, con los lenguajes y los medios que les son propios, encuentren nuevos pasos de reconciliación.
Los saludo, recordando una urgencia que comparten la Biblioteca Apostólica y el Archivo Apostólico: la necesidad de nuevos espacios. Precisamente hoy he dado disposiciones al respecto y espero que contribuyan a responder a esta necesidad. Tengo la intención de proseguir por el camino trazado por mis Predecesores, quienes, a lo largo de los siglos, han demostrado el cuidado de la Sede Apostólica hacia las instituciones que custodian y promueven su memoria cultural y administrativa.
Queridísimos, ¡gracias a todos y buen trabajo! Los bendigo de corazón y rezo por ustedes.