Asamblea de la Diócesis de Roma presidida por el Papa
📍 Basílica de San Juan de Letrán, Roma
A las 17:30, en la Basílica catedral de San Juan de Letrán, el Papa León XIV presidió la Asamblea de la Diócesis de Roma que abre oficialmente el nuevo Año pastoral. Introducida por el Cardenal Vicario Baldassare Reina —quien recordó que «Roma no es solo la sede del Sucesor de Pedro, sino la Iglesia particular de la cual el Papa es Obispo y Pastor»—, la Asamblea contó con los testimonios de una joven, María, de una voluntaria de Caritas, Sabrina, y de una familia, Darío y Roberta con sus hijos. En su discurso, partiendo del encuentro de María Magdalena con el Resucitado junto al sepulcro vacío, el Papa propuso a la Diócesis una «verificación pastoral» en torno a cuatro atenciones —encontrar a Cristo, generar comunidad, habitar y servir a la ciudad, formar al Pueblo de Dios— y anunció haber aprobado con alegría el inicio de la investigación diocesana sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad de don Luigi Di Liegro, histórico fundador de la Caritas de Roma, fallecido en 1997. Participaron representaciones de las 334 parroquias de la diócesis.
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Asamblea de la Diócesis de Roma, 18 de septiembre de 2026 - Papa León XIV
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Momentos destacados de la Asamblea de la Diócesis de Roma, 18 de septiembre de 2026
Discurso a la Asamblea Diocesana de Roma (tradotto)
Queridos hermanos y hermanas:
Quisiera partir de nuevo con vosotros desde la mañana de Pascua, desde un jardín, desde un sepulcro vacío. María Magdalena está allí, al alba, cuando todavía es de noche, y la oscuridad en la que se encuentra no es solo la de la noche que no ha terminado. Es la oscuridad de quien ha perdido a alguien, de quien busca y no encuentra, de quien se...
Queridos hermanos y hermanas:
Quisiera partir de nuevo con vosotros desde la mañana de Pascua, desde un jardín, desde un sepulcro vacío. María Magdalena está allí, al alba, cuando todavía es de noche, y la oscuridad en la que se encuentra no es solo la de la noche que no ha terminado. Es la oscuridad de quien ha perdido a alguien, de quien busca y no encuentra, de quien se inclina y llora. El Evangelio, sin embargo, no la deja en ese llanto. Se le acerca un hombre, a quien ella confunde con el guardián del huerto, y le dirige dos preguntas: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?» (Jn 20,15).
Estas dos preguntas, queridos amigos, quisiera que inspiraran el camino próximo de la Diócesis de Roma. Creo que podemos sentirlas dirigidas, hoy, a nuestra Iglesia y a toda la ciudad: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?». Se refieren a la búsqueda ansiosa de esperanza que percibís en las parroquias, en los encuentros y en los ambientes de vida, cuando os habéis puesto a la escucha los unos de los otros y de la gente. María Magdalena está despierta antes del alba y ya ha corrido al sepulcro, ¡porque en ella hay vida, hay espera! Así, en Roma hay muchas personas que empiezan de nuevo cada mañana, pero también comunidades parroquiales, asociaciones, movimientos, grupos y realidades eclesiales que trabajan con generosidad en la evangelización, en la caridad, en el servicio a la oración litúrgica. Ciertamente, junto a esta riqueza habéis reconocido con honestidad algunas fatigas. Es el desconcierto de quien ya no logra encontrar dónde se encuentra al Señor. Una experiencia que compartimos con muchos hermanos y hermanas, pero que también nos ocurre a nosotros. A veces se multiplican las propuestas, las actividades, los encuentros, y se pierde el centro, el sentido evangélico de lo que se hace.
Y he aquí que, en el Evangelio, una sola palabra hace volverse a la Magdalena: su nombre, «¡María!» (Jn 20,16). Así es como se encuentra a Jesucristo: sintiéndose llamado por Él por el propio nombre, de las muchas maneras en que esto puede suceder. De aquí debe partir de nuevo toda acción pastoral: no tanto preguntándose «qué» hacer, sino más bien «a quién» y «cómo» encontrar. En nuestras comunidades se puede permanecer anónimo, invisible e incomprendido, o bien ser visto, conocido y llamado por el propio nombre. Y quien encuentra verdaderamente a Cristo, como María Magdalena, siente que se le llena el corazón y entonces no puede quedarse quieto, corre y va a anunciar. «¡He visto al Señor!» (v. 18), dice la mujer a los discípulos. No un recuerdo, no un hecho privado, sino una alegría profunda que genera comunidad.
Por eso, hermanos y hermanas, no os entrego hoy un nuevo programa pastoral. No partimos de cero, y nada de lo que hemos vivido debe archivarse. El trabajo sobre las «enfermedades espirituales» nos ha enseñado a reconocer lo que, en nuestra vida eclesial, pide ser sanado, corregido o convertido. El Camino Sinodal nos ha enseñado a escuchar y discernir juntos, corresponsables de la única misión. Deseo, en cambio, proponeros desarrollar una tercera dimensión: la de la verificación pastoral.
Verificar, a la luz del Espíritu Santo, significa detenerse, releer lo sucedido, reconocer lo que ha dado fruto, comprender lo que no ha funcionado y buscar juntos las razones. Significa, en una palabra, hacer verdad. Os invito a realizar esta verificación implicando a toda la comunidad y, en la medida de lo posible, escuchando también a personas que no la frecuentan y ven las cosas, por así decirlo, «desde fuera».
Para ejercitaros en la verificación pastoral os indico algunas atenciones, que distingo pero que forman un único dinamismo.
La primera atención: encontrar a Cristo y hacerlo encontrar. La Iglesia no existe para sí misma, sino para conducir a cada persona al encuentro con el Señor; y por eso no basta preguntarse si una actividad está bien organizada, si es participada, si dura desde hace muchos años; hay que preguntarse si realmente conduce a Cristo, si hace que el Evangelio se encuentre con la vida concreta de las personas.
La segunda atención: generar comunidad. De la Pascua de Cristo nacen comunidades nuevas, libres, reconciliadas. Tengamos el valor de cuidar lo esencial, para dejar espacio a relaciones verdaderas, dentro de las cuales las personas se sientan parte de un pueblo: se sientan acogidas, acompañadas, valoradas, corresponsables. Comprometámonos a ofrecer a los jóvenes tiempo y escucha, dentro y más allá de las iniciativas.
La tercera atención: habitar y servir a la ciudad. Roma no es el trasfondo indiferente de nuestras comunidades: es el lugar de nuestra misión. La comunidad generada por el Resucitado no puede permanecer cerrada en sí misma, sino que comparte las expectativas, las fragilidades y las preguntas de las personas; y aprende a reconocer, en lo que sucede en los diversos ambientes de la ciudad, las preguntas a las que el Evangelio puede responder, si se lo acoge de nuevo.
A estas tres atenciones de verificación se añade una cuarta, que las atraviesa todas: la formación del Pueblo de Dios. ¿Nuestras actividades hacen crecer en la fe? ¿Forman discípulos misioneros? ¿Ayudan a madurar responsabilidades eclesiales? ¿Generan una fe adulta, capaz de traducirse en decisiones concretas de vida y de servicio?
El corazón del método que os propongo es, sin embargo, una pregunta muy sencilla: «¿por qué?». Se trata de detenerse juntos y preguntarse, por cada cosa que se hace: ¿por qué la hacemos? ¿Qué intención evangélica nos mueve, a qué necesidad real pretendemos responder, de qué manera esta elección corresponde a la misión de la Iglesia? Y luego, el segundo paso: ¿por qué obtenemos estos resultados y no otros? ¿Por qué algunas iniciativas generan caminos y otras quedan aisladas? ¿Por qué algunas personas participan y otras permanecen al margen? Del encuentro entre las razones de nuestras elecciones y las razones de sus efectos nace un discernimiento auténtico, que permite reconocer lo que hay que mantener, valorar, corregir, abandonar o iniciar.
Para que todo esto no quede en un buen propósito, el camino tendrá su propio «ritmo», y agradezco al Cardenal Vicario y a los demás colaboradores haber preparado las etapas que os serán presentadas.
Os pido, por tanto, que os deis el tiempo de caminar juntos —no un año, sino un camino—, para que sea un verdadero discernimiento y no una iniciativa más que se añade a las otras. El Obispo no os pide programar nuevas actividades: os propone un método común de escucha, de discernimiento, de verificación y de conversión. Los contenidos y las prioridades quedan confiados a la responsabilidad de vuestras comunidades, en los cinco ámbitos que son la catequesis y la iniciación cristiana, los jóvenes, la familia, la caridad, las vocaciones, porque el objetivo es compartir un estilo pastoral, no uniformar las experiencias. Y en esto las Prefecturas están llamadas a convertirse cada vez más en lugares de encuentro, de confrontación y de elaboración pastoral compartida.
Queridos hermanos y hermanas, es verdad: un método, por sí solo, nunca ha convertido a nadie. Entonces, para que lo que os he propuesto no quede abstracto, os recuerdo también un rostro. En efecto, he aprobado con alegría la decisión de dar los pasos necesarios para que se abra la investigación diocesana sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad de don Luigi Di Liegro, presbítero de esta Iglesia, fallecido el 12 de octubre de 1997. El don que él hace a nuestro camino no está ante todo en las obras que realizó: don Luigi, antes de construir cualquier cosa, quiso «ver». En 1969 encargó una encuesta sobre la religiosidad de los romanos, porque había aprendido que no hay encarnación del mensaje sin escucha de la realidad. En su última intervención, pocas semanas antes de morir, don Luigi dijo a sus colaboradores: «El discernimiento es esta pregunta: Señor, ¿dónde estás?».
Queridos amigos, esto nos hace pensar en la pregunta de María Magdalena junto al sepulcro de Jesús. Es la pregunta con la que hoy recomenzamos. ¿Qué signos del Reino y qué llamadas del Espíritu Santo emergen hoy de la vida de Roma, y qué forma de Iglesia es necesario asumir para reconocerlos y servirlos? Custodiar en nosotros esta pregunta nos ayudará a ser una Iglesia solidaria con el destino de esta ciudad, en contacto con sus heridas, sus expectativas y sus transformaciones.
Quisiera ahora deciros una palabra sobre el ministerio ordenado en Roma. Pero antes deseo decir «gracias», y no por formalidad. Gracias al Cardenal Vicario, a los Obispos auxiliares, a los Prefectos y a cuantos prestan servicio en las oficinas del Vicariato. Gracias a los párrocos y a los vicarios parroquiales; a los sacerdotes ancianos y enfermos, a los capellanes de los hospitales, de las cárceles, de las escuelas y de las universidades; a los sacerdotes venidos de otras Iglesias y de otros países, que sirven en esta ciudad como si fuera la suya. Gracias a los diáconos permanentes y a sus familias. Gracias a los religiosos y a las religiosas; a quien en el silencio sostiene a Roma con la intercesión; y a quien la encuentra cada día en las escuelas, en los hospitales, en las casas de acogida, en las periferias. Gracias a los catequistas, a los educadores, a los agentes de la caridad. Lo sabemos: el bien no hace ruido, lo conoce el Señor, y hoy deseo reconocerlo también yo. ¡Gracias!
Sé también que el servicio pastoral, hoy, es más fatigoso que ayer. Os exhorto a no llevar las fatigas solos. Y os digo con claridad que el arte de la verificación pastoral no os pide hacer más: al contrario, os da el permiso de hacer menos y mejor. Si la verificación pastoral se convirtiera en una carga más sobre vuestros hombros, habríamos traicionado su sentido. Quisiera entonces ofreceros algunas consideraciones sobre el rostro de los presbíteros que Roma necesita. El sacerdote debería ser un hombre que escucha antes de responder, que discierne antes de decidir. Una persona que permanece delante del Señor, porque no puede conducir a otros a un encuentro que él mismo no está viviendo. La pregunta del «¿por qué?» es ante todo su propia pregunta personal: ¿por qué soy sacerdote? ¿Corresponde todavía mi jornada al motivo por el cual el Señor me llamó por mi nombre? El sacerdote no concentra en sí toda responsabilidad. Reconoce los carismas, forma las conciencias, hace posible la corresponsabilidad de los laicos: no por falta de fuerzas, sino por fidelidad a la naturaleza de la Iglesia. Una comunidad en la que todo depende del párroco es una comunidad frágil, y presidir no significa hacerlo todo. Significa generar comunión, valorar las energías de los demás, conectar personas y realidades, custodiar la unidad. El sacerdote, en fin, se inserta y desea pertenecer a una comunidad capaz de leer su propio barrio, de compartir sus heridas y sus esperanzas, responsable de la vida de todos, incluso de quien no cruza el umbral de la iglesia. Esta es la forma que asume la caridad en la presidencia pastoral, y es lo que impide que una parroquia se repliegue en la autoconservación.
Nadie está llamado a vivir todo esto solo. El presbiterio no es la suma de sacerdotes que se encuentran por necesidades organizativas: es una fraternidad, y es el primer lugar en el que verificar si lo que hacemos genera verdaderamente comunión. Deseo que las Prefecturas sean, antes que instrumentos de coordinación, lugares efectivos de fraternidad sacerdotal, donde también se pueda decir la propia fatiga sin avergonzarse. Junto a vosotros, los diáconos recuerdan a toda la Iglesia que ella existe para servir; y los religiosos y las religiosas, con la gratuidad de sus vidas, recuerdan a Roma que ninguna eficiencia salva al hombre y que el primado corresponde a Dios.
Un pensamiento particular va a nuestros seminaristas. Queridos jóvenes, os estáis preparando para ser sacerdotes de esta Diócesis. Os invito a tomar parte, ya desde ahora, en este camino de verificación, aprendiendo a asumirlo como estilo durante los años de formación. Y dejaos formar tanto por los libros, que son necesarios para encontrar a los buenos maestros, como por los rostros: por los pobres, por los enfermos, por la gente de nuestras parroquias. A vosotros y a vuestros formadores os expreso mi gratitud y mi confianza. Los jóvenes no se entregan a un rol, sino que siguen a hombres y mujeres que parecen felices de lo que son.
Sé que este camino de verificación exigirá paciencia, y quizás también el valor de dejar ir algo a lo que estamos apegados. Pero es el mismo valor de María Magdalena, que tuvo que dejar ir el deseo de retener al Señor para correr, en cambio, a anunciarlo. De este discernimiento pastoral nacerá, espero, una fase de compartir las experiencias renovadas y luego la construcción de un camino común que nos prepare, juntos, para el Jubileo de la Redención de 2033.
Queridos hermanos y hermanas de Roma, ¡no temáis dejaros llamar todavía por vuestro nombre! El Señor vivo se deja encontrar por quien, como María en el alba de Pascua, tiene todavía el valor de buscarlo, incluso entre lágrimas, incluso en la oscuridad. Os acompañe la Madre de Dios, Salus Populi Romani, que fue la primera en creer y en engendrar a Cristo para el mundo. Y a todos vosotros, a vuestras comunidades y a esta ciudad, llegue mi bendición.