Santa Misa y Ángelus en la Explanada del Santuario
📍 Lourdes, Francia
Cuarta jornada del viaje apostólico a Francia: tras el encuentro matutino con los obispos franceses, el Papa León XIV preside a las 11.00 la Santa Misa en la gran explanada del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, abierta a todos los peregrinos, seguida del rezo del Ángelus. Están presentes unos 150.000 fieles, entre ellos cerca de 7.000 enfermos inscritos. En la homilía el Papa afirma que «ninguna fragilidad es rechazada» en la Gruta de Massabielle, que se erige como «un santuario de la esperanza cristiana» frente a «las corrientes actuales que buscan redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez». En el Ángelus lanza un llamamiento a rezar el Rosario durante todo el mes de octubre por la paz entre los pueblos en conflicto.
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Santa Misa en la Explanada del Santuario y Ángelus
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Momentos destacados de la Santa Misa y el Ángelus en Lourdes
📷 Fotos
Antonietta Raco, curada en Lourdes en 2009, hoy voluntaria a la espera de la visita del Papa
León XIV durante la Santa Misa en la Explanada del Santuario de Lourdes
El recorrido en papamóvil entre los fieles antes de la Misa
La consagración eucarística en la Explanada del Santuario
El Papa León XIV reza el Ángelus y lanza el llamamiento por el Rosario de octubre
Santa Misa en la Explanada del Santuario de Lourdes
Hermanos y hermanas, peregrinos venidos de Francia y de todo el mundo, al miraros esta mañana, reunidos en la casa de nuestra Madre, veo el rostro universal de la Iglesia. Algunos de vosotros habéis atravesado continentes, superado fatigas, traído vuestras alegrías y vuestras cargas hasta esta Gruta santa. ¡Qué alegría estar juntos, un solo corazón, una sola familia!…
Hermanos y hermanas, peregrinos venidos de Francia y de todo el mundo, al miraros esta mañana, reunidos en la casa de nuestra Madre, veo el rostro universal de la Iglesia. Algunos de vosotros habéis atravesado continentes, superado fatigas, traído vuestras alegrías y vuestras cargas hasta esta Gruta santa. ¡Qué alegría estar juntos, un solo corazón, una sola familia!
Deseo dirigir un saludo particular a los peregrinos llegados de todas las provincias y diócesis de Francia. Hoy pisáis el suelo de esta tierra bendita que ha recibido tantas gracias. Que esta peregrinación reavive la llama de la fe en vuestros hogares y en vuestras parroquias. Llevad el consuelo de Lourdes a vuestros vecinos, a vuestros seres queridos y a todo el pueblo francés.
Los textos que la Liturgia nos propone en este domingo tocan un aspecto central del mensaje que la Virgen María vino a confiar a Santa Bernadette: una invitación a la conversión, a la vez tierna y apremiante. En el Evangelio, Jesús dirige una mirada de verdad y de profunda tristeza a los corazones cerrados: «ni siquiera os habéis arrepentido». ¿Por qué esta herida en el Corazón de Cristo? Porque Dios no quiere la perdición de sus hijos. El profeta Ezequiel nos lo recuerda: «Si el justo se aparta de la justicia y comete el mal, y por ello muere, muere precisamente por el mal que cometió»; mientras que si se convierte, si «ha reflexionado y se ha apartado de todas las culpas cometidas: ciertamente vivirá y no morirá». Por eso los llamamientos a la penitencia resuenan en las Sagradas Escrituras y atraviesan toda la predicación del Evangelio a lo largo de los siglos. Adquieren una importancia saludable para manifestar su urgencia y necesidad: es hoy —no mañana— cuando hay que convertirse; hoy es el momento favorable, el día de la salvación. Sí, Dios desea que el hombre viva, que abra los ojos y vuelva a Él. Convertirse significa abandonar los caminos del error para abrazar el Camino de la Vida, abriendo así nuestro corazón a la única Alegría que no pasa.
Jesús mismo no usa medias palabras cuando exhorta a la penitencia, como nos refiere, por ejemplo, San Lucas: «Si no os convertís, todos pereceréis». Pero Él amplía el horizonte de la vida terrena al de la vida eterna. Mientras que la felicidad aquí abajo es una realidad efímera, relativa, a veces lamentablemente inaccesible para algunos, la verdadera felicidad está prometida a todos, en la esperanza, y debería ser el objeto principal de nuestra búsqueda, de nuestros esfuerzos y de nuestras decisiones. ¿No dijo acaso la Virgen María a Santa Bernadette: «No te prometo ser feliz en este mundo, sino en el otro»?
Esta promesa, proclamada precisamente aquí, resuena con particular fuerza en esta tierra de Francia y sacude nuestras mentalidades contemporáneas. En este momento histórico, dentro de una sociedad en busca del progreso y del bienestar material, pero a veces tentada de olvidar el horizonte de la eternidad, María viene a recordarnos la grandeza y el alcance de nuestra vocación a la vida, a la vida eterna. Frente a las corrientes actuales que buscan redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez, la Gruta de Massabielle se erige como un santuario de la esperanza cristiana. Aquí, ninguna fragilidad es rechazada. Vuestras muletas, vuestras sillas de ruedas, vuestras lágrimas escondidas no son obstáculos: son el lugar por excelencia donde sois plenamente respetados, acogidos y transfigurados por el amor infinito de Dios. Lourdes es el lugar bendito de una profesión de fe en la belleza y en la sacralidad de la vida, pues aquí ella es acogida como un don precioso de Dios, llamado a florecer para la eternidad en el amor del Padre.
«¡Te lo prometo!». Sí, la vida eterna es una promesa sólida y cierta que el Señor nos hace. Ya nos la obtuvo con su muerte en la cruz y su resurrección, y la realiza cada día en nosotros a través de la gracia del bautismo. Está a nuestro alcance, pero nos corresponde a nosotros acogerla libremente, aferrarla, no obstaculizarla; pero el obstáculo a la gracia y a la vida eterna, el único obstáculo a este amor, es el pecado, el repliegue sobre sí mismo, ese rechazo de Dios que nos encierra en nuestras propias tinieblas. Está en juego, pues, nuestra responsabilidad personal, y es grande. Dios nos quiso libres, porque la libertad es una condición del amor; no se puede amar por obligación. Esta libertad que se nos da debemos comprometerla en un «sí» a Cristo y, con la ayuda de su gracia, siguiendo las huellas de María; un «sí» incesantemente renovado, hasta nuestro último aliento: «ahora y en la hora de nuestra muerte…», decimos en el Avemaría.
Encontramos de nuevo el insistente llamamiento a la conversión en las palabras que María pronunció precisamente aquí: «¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!». Repite la palabra tres veces… E invita a Bernadette a realizar algunos gestos. ¿Por qué? ¿Somos acaso lentos para entender? ¿Nos consideramos demasiado fácilmente sin pecado? ¿No la practicamos lo suficiente? La Virgen nos pide hacer penitencia, no solo por nosotros mismos, que la necesitamos, sino también «por los pecadores», por un mundo que va mal. ¿Cómo podrían nuestros corazones no sentirse interpelados ante los conflictos cada vez más extendidos, que destruyen tantas vidas inocentes? Sin embargo, el mal que aflige a nuestra época proviene del corazón del hombre, Dios no es responsable de él: «No es mi conducta la que no es recta —dice a los hijos de Israel—, sino la vuestra». Son, pues, los corazones de los hombres los que hay que cambiar, comenzando por el nuestro.
La penitencia es una obra suscitada por el amor en solidaridad con el género humano: amor a Dios, de quien se quiere reparar la herida del Corazón causada por nuestros pecados; amor a todos nuestros hermanos que no escuchan este llamamiento a la conversión y a quienes sus culpas arrastran hacia la muerte. Esta exigencia de conversión implica a la Iglesia misma en su peregrinación terrena. Ella debe tener el valor de vivir esta conversión en primer lugar. Para sanar de las heridas profundas, de las infidelidades y de los dolorosos extravíos cometidos en su seno, debemos ponernos humildemente bajo la mirada purificadora del Señor. Reconocer nuestros errores es indispensable para el crecimiento espiritual, como escribía san Agustín: «Que siempre te desagrade lo que eres, si quieres alcanzar lo que aún no eres».
El llamamiento de nuestra Madre al deber de la oración y de la conversión nos llena de gran esperanza, pues nos indica el modo de cambiar el curso de las cosas, que no es otro que unirnos a la pasión de Cristo. Queridos enfermos que conocéis el sufrimiento, tan numerosos en Lourdes, tenéis la posibilidad de vivir vuestras penas y vuestros dolores en este espíritu de ofrenda para entrar en ese camino redentor que el mundo tanto necesita. En este sentido estáis verdaderamente en el corazón de la Iglesia, y vuestro papel es insustituible.
Peregrinos, hermanos y hermanas, no partiréis de Lourdes como habéis llegado: partiréis como misioneros de la esperanza. Es el milagro de este lugar: suscitar la alegría de la esperanza precisamente en el corazón de la prueba y del dolor. La Virgen María sana nuestras miradas y transfigura nuestros corazones dándoles la paz. Sed, en vuestros países, en vuestras diócesis y en vuestras familias, testigos activos de esta fuerza y de esta ternura divinas, que nos permiten proseguir el camino y alcanzar la meta. Sostenidos por la oración de los enfermos y por el amor de nuestra Madre, caminad con confianza hacia el futuro. No temáis las tempestades del mundo: la Santa Madre de Dios vela por vuestro camino, envuelve a la Iglesia en su manto de ternura y, como radiante Estrella de la mañana, guía vuestros pasos para haceros nacer, en la alegría, a la vida misma de su Hijo Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, saludo con afecto a todos vosotros que habéis participado en esta celebración eucarística. ¡Gracias por vuestra presencia! Extiendo mi saludo a cuantos, especialmente enfermos, se han unido a nosotros a través de los medios de comunicación…
Queridos hermanos y hermanas, saludo con afecto a todos vosotros que habéis participado en esta celebración eucarística. ¡Gracias por vuestra presencia! Extiendo mi saludo a cuantos, especialmente enfermos, se han unido a nosotros a través de los medios de comunicación.
Recemos ahora la oración del Ángelus, oración sencilla y admirable, que nos ayuda a vivir cada día en adhesión a la voluntad de Dios, según el modelo de la Virgen María.
Antes de hacerlo quisiera dirigir un llamamiento que siento fuerte en el ánimo al encontrarme en este lugar. Aquí la Inmaculada se mostró a Santa Bernadette con la corona del Rosario y guió, en cierto modo, su oración. Por eso hoy invito a todos los fieles y a todas las comunidades cristianas a rezar el santo Rosario, durante el próximo mes de octubre, con la intención particular de que cesen las guerras y se haga la paz entre los pueblos en conflicto. Acompañemos la oración con actos concretos de penitencia y de misericordia y con el compromiso de favorecer siempre el diálogo y la reconciliación.
¡Que nuestra Madre santísima interceda por nosotros!