Lunes 28 Septiembre 2026 — Santa Misa en Metz y conclusión del viaje a Francia
16:00
Catedral de Saint-Étienne, Metz, Francia
⛪ Santa Misa
Santa Misa en la Catedral de Metz
📍 Catedral de Saint-Étienne, Metz, Francia
En la tarde de la última etapa del viaje apostólico, el Papa León XIV preside la Santa Misa en la Catedral de Saint-Étienne de Metz, con la que concluye su quinto viaje internacional, bajo el lema "Para que el mundo tenga vida". La catedral, con capacidad para unos 2.000 fieles, es conocida como la "linterna del buen Dios" por sus vidrieras que cubren 6.500 m²; para quienes queden fuera se instalan pantallas gigantes en Place de la République y cerca del Centre Pompidou-Metz. El obispo de Metz, mons. Philippe Ballot, recordó que la diócesis vivió tres guerras y dos anexiones con Alemania (1870-1918 y 1940-1945), y subrayó que la reconciliación franco-alemana demuestra que "la paz siempre es posible, incluso donde hay guerra". La Misa, seguida por unos 35.000 fieles entre la catedral y las calles cercanas segun las autoridades locales, cuenta con la participacion del presidente frances Emmanuel Macron y su esposa Brigitte. En la homilia, el Papa recuerda la contribucion del monacato y de la Regla de los Canonigos de San Crodegango en la construccion de los "fundamentos morales del mundo en que vivimos" -desde el caracter sagrado e inviolable de la vida hasta el cuidado de los pobres y del extranjero- y, refiriendose a las vidrieras de la catedral enriquecidas por Marc Chagall, afirma que «el futuro de Europa no reside en la uniformidad, sino en la armonia de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz». Recuerda a la comunidad de Metz, marcada por tres guerras y dos anexiones alemanas, que «no es verdad que el que se venga es mas fuerte que el que perdona».
Estoy muy contento de presidir esta Eucaristía, durante la cual encomendamos al Señor el camino de la comunidad diocesana de Metz y el de toda Europa. En esta tierra histórica del río Mosela, que nunca ha dejado de ser una encrucijada de pueblos, y fue una frontera dolorosa en Europa, la promesa de Dios resuena hoy co
Queridos hermanos y hermanas:
Estoy muy contento de presidir esta Eucaristía, durante la cual encomendamos al Señor el camino de la comunidad diocesana de Metz y el de toda Europa. En esta tierra histórica del río Mosela, que nunca ha dejado de ser una encrucijada de pueblos, y fue una frontera dolorosa en Europa, la promesa de Dios resuena hoy con una fuerza singular.
En la primera lectura (cf. Is 32,15-18), el profeta Isaías habla de la venida del Reino de Dios en términos de derecho, justicia y paz. Recurre a tres imágenes: el desierto, el jardín y la casa.
En el desierto, lugar de la sobriedad y del silencio, se instaura el derecho, es decir, la ley que ayuda al hombre a recorrer el camino del bien. Esta imagen austera nos recuerda la importancia de lo esencial y de la sencillez, que nos permiten atribuir el justo valor a las cosas, formándonos al mismo tiempo en la renuncia y el sacrificio.
La segunda imagen es la del jardín, donde reina la justicia. Si el desierto es el lugar de lo esencial, el jardín es el lugar de la belleza. Allí hay agua, las semillas se abren, despuntan los brotes y nacen las flores, cada una con su propia gracia particular. Este es el efecto de una vida recta, que permite a la persona realizarse plenamente, adhiriéndose libremente a los designios del Señor.
La tercera imagen es la de la casa, lugar de paz. Notamos que, si el desierto y el jardín son contextos en los que predomina la acción de Dios, que hace germinar y crecer, la construcción de una casa requiere, en cambio, una contribución más directa y más importante por parte del hombre, con el uso de fuerzas y competencias, a través de un esfuerzo común, una auténtica “obra en proceso”. Así la paz, que es don de Dios, exige una respuesta por parte de los hombres en un esfuerzo compartido. Por otro lado, más que una simple construcción de piedras, la casa es un lugar de presencia humana y de amor. En este sentido, la Palabra profética nos recuerda cómo, en un mundo marcado por el límite, la concordia sólo se construye en la caridad, que sabe compartir alegrías y dolores, animar y perdonar, sin cálculos ni límites, como en una familia.
También el Evangelio que acabamos de escuchar nos habla de esto (cf. Mt 5,38-48). Mientras que hoy, en el mundo, somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, a diversos niveles, Jesús nos enseña a transformar el desierto en un oasis, a cultivar jardines y construir casas. Nos indica el camino que pasa a través del perdón, la misericordia y la magnanimidad. «Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él» (Mt 5,39-41).
Estas palabras podrían parecerles a algunos un signo de debilidad, o quizá una rendición frente al mal; pero no es así en absoluto. Miremos dentro de nosotros, profundidamente, y miremos a nuestro alrededor: ¿qué producen, en el mundo y en nosotros mismos, actitudes como la venganza, la represalia y el rechazo? ¿Y qué futuro para la humanidad dejan entrever las relaciones y los sistemas impregnados por las lógicas despiadadas que derivan de estas actitudes? Ustedes que son los hijos de esta tierra, lacerada en el pasado por conflictos fratricidas, saben bien que no es verdad que el que comete venganza es más fuerte que el que perdona. No es verdad que el que no cede es más fuerte que el que busca la reconciliación. No es verdad que el que se marcha azotando la puerta es más fuerte que el que afronta el esfuerzo de caminar juntos.
Metz y el río Mosela testimonian al mundo entero que la reconciliación es posible sólo cuando se tiene la valentía de romper las cadenas del resentimiento. Se necesita fuerza y gran equilibrio para no dejarse abrumar por el mal, sobre todo cuando las heridas sufridas son profundas. Pero, frente a la injusticia, el único camino de salvación para el hombre es el amor que se hace cargo del otro y que busca brindar confianza, independientemente de las circunstancias, incluso frente a los comportamientos más difíciles de aceptar (cf. Mt 5,42). Así, ley, justicia y paz son etapas de un camino de conversión que, siendo personal, se vuelve cada vez más comunitario, en favor de una civilización respetuosa del hombre y de su Creador.
No es casual que san Agustín definiera la paz de la ciudad celeste como una comunión armoniosa, en la que los hombres gozan de Dios y, en Él, los unos de los otros (cf. S. Agustín, De civitate Dei, XIX, 13.1). Él habla también de la paz entre los hombres como del fruto de una tranquillitas ordinis, en la que cada uno reconoce y respeta en el otro una dignidad y un rol únicos y sagrados.
Aquí en Metz, es bueno recordar que estos son precisamente los valores sobre la cual ha sido construida, a lo largo de los siglos, la Europa que conocemos, con su patrimonio espiritual y moral, aun antes que económico y político. Como a san Juan Pablo II le gustaba recordar con emoción (cf. Acto Europeo en Santiago De Compostela, 9 noviembre 1982), Europa hunde sus raíces en la vida y en la obra de hombres y mujeres que han vivido, predicado y compartido las enseñanzas del Evangelio. Lo atestiguan la gran contribución espiritual, cultural e incluso agrícola y artesanal que el monacato ha aportado a la historia del continente, además de la obra de santos como el gran Crodegango, incansable Pastor de esta comunidad que, precisamente aquí, en la Regla de los canónigos, dio una forma visible a la comunión eclesial.
De allí se han transmitido los fundamentos morales del mundo en el que vivimos: principios como la primacía de la persona y el carácter sagrado e inviolable de la vida humana, en todas sus fases y en toda circunstancia; la tutela de la libertad de los individuos; la importancia esencial de la familia como fundamento de la sociedad; la atención a los pobres y a los más necesitados; la acogida del extranjero y el respeto a los ancianos.
Esta Iglesia local, que conserva el legado único de un diálogo fecundo entre sociedad civil y fe, en virtud de su estatus particular, tiene la responsabilidad de ser un taller viviente de esa fidelidad. Permanecer fieles a esos pilares no ha sido fácil, ni siquiera para aquellos que nos han precedido. Sin embargo, con coherencia y perseverancia, nuestros antepasados nos los han dejado en herencia como tesoros, para transmitirlos a su vez a las generaciones futuras, enriquecidos por nuestra experiencia, por el valor de nuestros esfuerzos y de nuestras historias.
La magnífica Catedral de esta ciudad, en la que nos encontramos, ilustra muy bien todo eso; conocida como Lanterne du Bon Dieu por sus 6.500 metros cuadrados de vidrieras historiadas. Pareciera que los constructores hayan querido reducir al mínimo las paredes, que sin embargo permanecen sólidas, para que la luz pudiera llegar en abundancia a los fieles. Quien entra allí se encuentra de ese modo inmerso en una riquísima biblia pauperum, fuente de oración y meditación, a través de reflejos de miles colores. Y en este lugar de luz, el esplendor de las vidrieras históricas se ha enriquecido recientemente por el genio de Marc Chagall. Las obras de este gran pintor judío, colocadas en los muros de la Catedral, transforman la “Linterna del Buen Dios” en un extraordinario símbolo ecuménico y de diálogo interreligioso. Esta Catedral nos dice que la luz del Señor no suprime la especificidad, sino que une historias y culturas diferentes en un único y maravilloso mosaico de paz, necesario en nuestra época, azotada por nuevas divisiones y nuevos conflictos. Contemplando estas vidrieras, aprendemos que el futuro de Europa no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz.
En esto hay un símbolo de nuestra identidad como Iglesia. También nosotros utilizamos estructuras, que sólo tienen sentido en la medida en que nos ayudan a llevar al mundo la luz del Evangelio. Sin estas vidrieras, las ventanas de la catedral de Saint-Étienne no serían más que espacios inundados de una luz enceguecedora. Con las vidrieras, se convierten en libros que nos reúnen para recordar historias maravillosas, llenas de heroísmo, de bondad, de misericordia, de amor y de belleza moral, de las que a su vez debemos ser testigos generosos y valientes.
Este es el deseo que comparto con ustedes, con gratitud y confianza, al finalizar mi viaje a Francia, para su comunidad de Metz, llamada hoy más que nunca a ser un faro de esperanza para este país, para Europa y para el mundo, encomendándola a las oraciones de la Virgen María y de sus santos patronos.
Esta Santa Misa es el último acto público de mi visita a Francia, por lo que la he celebrado con un profundo sentido de gratitud hacia el Señor. Deseo expresar mi agradecimiento también a todos los que la han hecho posible con su esfuerzo.
Agradezco al señor Presidente de la República y a las diferentes Autoridades c
Queridos hermanos y hermanas:
Esta Santa Misa es el último acto público de mi visita a Francia, por lo que la he celebrado con un profundo sentido de gratitud hacia el Señor. Deseo expresar mi agradecimiento también a todos los que la han hecho posible con su esfuerzo.
Agradezco al señor Presidente de la República y a las diferentes Autoridades civiles que se han encargado de la acogida en París, en Lourdes y en Metz. Renuevo con afecto mi gratitud a la Presidencia de la Conferencia Episcopal y a los obispos más involucrados en la organización, así como a los sacerdotes, diáconos, personas consagradas, fieles laicos y a todos los voluntarios que han colaborado. ¡Gracias a todos!
Queridos hermanos, sigamos caminando juntos, unidos en la santa Madre Iglesia, para la gloria de Dios y al servicio de su Reino de amor, de justicia y de paz. Muchas gracias.
📍 Centro de Congresos "Robert Schuman", Metz, Francia
Tras el traslado matutino de Lourdes a Metz (salida a las 7:40, llegada a Metz-Nancy-Lorraine a las 9:20), el Papa León XIV participa en un encuentro interreligioso en el Centro de Congresos "Robert Schuman", con representantes de las diferentes confesiones presentes en Francia. En su discurso, el Papa afirma que «invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de ese nombre» y que «el discurso religioso debe apelar constantemente a desarmar los corazones y las palabras», señalando a las religiones como «guardianas de la vida» y un punto de referencia sólido para los jóvenes.
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La llegada del Papa a Metz y la bienvenida de las autoridades locales
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El Papa Leon XIV con representantes de las diferentes tradiciones religiosas en el Centro de Congresos Robert Schuman
Encuentro interreligioso en el Centro de Congresos "Robert Schuman"
Queridos hermanos y hermanas,
queridos amigos representantes de las diferentes tradiciones religiosas:
Con una gran alegría, pero también con un vivo sentimiento de responsabilidad espiritual, me encuentro hoy entre ustedes en Metz, ciudad de fronteras y de encrucijadas, en el Centro de Congresos que lleva el nombre de Robert Schuman, uno de los p
Queridos hermanos y hermanas,
queridos amigos representantes de las diferentes tradiciones religiosas:
Con una gran alegría, pero también con un vivo sentimiento de responsabilidad espiritual, me encuentro hoy entre ustedes en Metz, ciudad de fronteras y de encrucijadas, en el Centro de Congresos que lleva el nombre de Robert Schuman, uno de los padres fundadores de la Unión Europea. Este hombre de fe y de convicciones supo transformar las antiguas líneas de fractura en puntos de esperanza para toda Europa, y se convirtió en un verdadero embajador de la unidad en la diversidad. Siguiendo su ejemplo, nuestra responsabilidad común en cuanto mujeres y hombres religiosos, es la de testimoniar que, más allá de las fronteras, siempre es posible reencontrarse, establecer la amistad y construir la paz.
Dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad, abriéndose a la diferencia del otro. Como decía mi Predecesor, el Papa Francisco: «El diálogo entre personas de distintas religiones no se hace meramente por diplomacia, amabilidad o tolerancia (…). El objetivo del diálogo es establecer amistad, paz» (Carta enc. Fratelli tutti, n. 271). Antes que él, el Papa san Juan Pablo II consideraba el diálogo como una exigencia intrínseca de la naturaleza misma del hombre (cfr. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2001, n. 10). Según Paul Ricœur, es el camino por el que reconocemos la alteridad como una promesa y no como una amenaza; es el arte del encuentro, del que nuestro mundo tiene una gran necesidad, en las antípodas de la agresividad y de la violencia.
En efecto, invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de este nombre. Nada de lo que desfigura la dignidad humana se puede reivindicar como una auténtica inspiración divina. El discurso religioso debe apelar constantemente a desarmar los corazones y las palabras. Esto comporta la responsabilidad directa de cada uno de nosotros, en cuanto guardianes de nuestras respectivas tradiciones.
Por otra parte, si la fecundidad de las tradiciones religiosas se manifiesta, ante todo, en su servicio a la paz y a la fraternidad, ella se expresa de igual forma en su capacidad de proteger, acompañar y servir a la vida. La grandeza de una civilización no se mide por sus éxitos materiales, sino por la manera en la que abraza, protege y eleva la persona humana. Las religiones son guardianas de la vida: ellas afirman su valor sagrado. Su fecundidad se demuestra en su presencia amorosa junto a las personas más vulnerables y más frágiles. Servir a la vida significa envolverla en cuidados, presencia y ternura, sobre todo en la prueba, hasta el final. A nosotros, que estamos abiertos a la trascendencia, se nos encomienda la misión de ofrecer puntos de referencia sólidos, en particular a los jóvenes, para construir una comunión que respete y valore la dignidad de toda persona humana.
Queridos amigos, «la Iglesia considera compañeros de camino a todos aquellos que buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza» (Carta enc. Magnifica humanitas, n. 23). Les agradezco una vez más su proximidad y su presencia. Que la bondad infinita de Dios y su sabiduría nos acompañen y nos enseñen a vivir cada vez más como hijos suyos y como hermanos y hermanas entre nosotros. Que podamos ser nosotros también, allí donde vivamos, artesanos de paz y testigos de una esperanza que no cese de crecer en nuestro mundo.
📍 Centro de Congresos "Robert Schuman", Metz, Francia
El Pontífice participa en un encuentro dedicado a las raíces cristianas de Europa, a la paz y a la unidad del continente, en la ciudad natal de Robert Schuman, uno de los padres fundadores de la Unión Europea. Las invitaciones, firmadas por el presidente francés Emmanuel Macron, fueron dirigidas a los veintisiete jefes de Estado y de gobierno de los países de la Unión Europea y a los máximos representantes de la UE; al final del encuentro son posibles conversaciones bilaterales. En la delegación pontificia figuran los cardenales Filippo Iannone, José Tolentino de Mendonça, Dominique Mamberti y George Jacob Koovakad (ausente el Secretario de Estado, card. Pietro Parolin, comprometido en Estados Unidos). Sigue un encuentro con representantes de diversas religiones, con la lectura de un llamamiento conjunto. Entre los participantes figura también una delegación de la Fraternité Européenne d'Étudiants Robert Schuman: uno de sus miembros, Axel Raynaud, subrayó en vísperas del encuentro que "Europa no puede reducirse a sus instituciones o a su economía: es un proyecto de fraternidad". En su discurso, el Papa advierte contra la «ilusion del rearme», denuncia que «las relaciones humanas y entre los estados se vuelven cada vez mas barbaras» y senala en el derecho internacional y el multilateralismo «el mejor antidoto contra la voluntad de dominacion». A los jovenes los invita a no someterse «a la logica de la violencia y la opresion» y a ser «artifices de comunidad».
📷 Fotos
Los miembros de la Fraternité Européenne d'Étudiants dedicada a Robert Schuman
León XIV en Metz, ciudad de frontera y símbolo de amistad entre los pueblos
El Papa Leon XIV en el encuentro "A las raices de Europa" en el Centro de Congresos Robert Schuman de Metz
El Papa con los jefes de Estado y de gobierno europeos presentes en Metz
Un momento del discurso de Leon XIV sobre las raices cristianas de Europa
Encuentro "A las raices de Europa por la paz y la unidad"
Señor Presidente,
Señor Cardenal,
distinguidas Autoridades civiles y religiosas,
señoras y señores:
Me complace encontrarme en esta ciudad histórica, un cruce en el corazón del continente, para mantener este encuentro con un título tan evocador: «A las raíces de Europa por la paz y la unidad». Les agradezco las amables palabras que me han dirigido
Señor Presidente,
Señor Cardenal,
distinguidas Autoridades civiles y religiosas,
señoras y señores:
Me complace encontrarme en esta ciudad histórica, un cruce en el corazón del continente, para mantener este encuentro con un título tan evocador: «A las raíces de Europa por la paz y la unidad». Les agradezco las amables palabras que me han dirigido.
El título propuesto se inspira sin duda en la figura del venerable Robert Schuman, al que hoy queremos rendir un homenaje particular en este centro que lleva su nombre, y sobre todo aquí, en Mosela, región donde él vivió mucho tiempo, donde reposan sus restos y de la cual fue durante muchos años representante en la Asamblea Nacional. Él se inspiró en esta región, con sus vicisitudes en los siglos XIX y XX, para contribuir a dar forma a la Europa de hoy y del mañana, mediante su célebre Declaración del 9 de mayo de 1950. Este texto señala al mismo tiempo el punto de partida y de llegada de su compromiso por la reconciliación y la unidad del continente europeo, que marcó toda su vida.
Hoy queremos emprender con el pensamiento, un viaje que parte desde las raíces de Europa para llegar a su presente y mirar hacia el futuro. Nos preguntamos cómo Robert Schuman fue moldeado por la historia de esta tierra, de la que fue hijo, y cómo contribuyó de manera fundamental a dar forma a la Europa moderna, hasta el punto de ser considerado un “padre fundador”.
Siempre es difícil definir a Europa, tanto por el presente como por el pasado. Europa, en efecto, fue tomando conciencia de sí misma gradualmente en las épocas históricas de la civilización helenística, del Imperio romano y, posteriormente, de la difusión del cristianismo, integrando con el tiempo nuevas culturas como las germánicas y eslavas, entre otras, hasta abarcar regiones cada vez más vastas.
Europa debe entenderse, por tanto, como una realidad cultural e histórica antes que geográfica. A lo largo de los siglos, ha adquirido nuevas fronteras y nuevas definiciones, atravesando períodos de crecimiento, profundas crisis y nuevos renacimientos. Un factor constante, que se puede observar en su largo y turbulento recorrido histórico, radica en el hecho de que Europa se ha desarrollado y ha progresado cuando ha sido capaz de asimilar los aspectos positivos de su pasado y de replantearlos de formas nuevas y creativas gracias al encuentro con el otro. De hecho, la civilización europea es también fruto de encuentros seculares, aunque no siempre fáciles. Basta pensar en la presencia de la cultura árabe en la península ibérica, o en la proyección del “Viejo Continente” hacia el “Nuevo Mundo”, que generó, a veces de manera dolorosa, síntesis inéditas en el continente americano.
Para entender esta larga historia, sin embargo, no se puede omitir a otro padre de Europa: san Benito, que san Pablo VI proclamó patrono de Europa en 1964, llamándolo «mensajero de paz, realizador de unión, maestro de civilización» [1]. La ayuda a los pobres, a los enfermos y a los ancianos; la educación de los niños y las universidades; los hospitales y la medicina; la arquitectura y la ingeniería; el desarrollo de las ciencias; el derecho y la organización de las ciudades y de los propios estados: ¡tantos ámbitos, en Europa, han sido profundamente influenciados por san Benito y sus monjes! Sin este acervo monástico, la civilización europea, tal como la conocemos, no existiría. Aquí, en Metz, gracias a la obra, entre otras, de san Crodegango, se respiraba un espíritu benedictino de fraternidad, comunión y vida compartida. Desde aquí, el canto gregoriano se difundió en los territorios carolingios, trayendo armonía y belleza a todo el continente.
No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo, como bien sabía Robert Schuman cuando dijo: «El cristianismo ha enseñado la igualdad de naturaleza de todos los hombres, hijos del mismo Dios, redimidos por el mismo Cristo, sin distinción de raza, color, clase o profesión. Ha reconocido la primacía de los valores interiores que solos ennoblecen al hombre. La ley universal del amor y de la caridad ha hecho de todo hombre nuestro prójimo y las relaciones sociales en el mundo cristiano desde entonces se apoyan en ella» [2].
Otro padre fundador de la Europa contemporánea, Alcide De Gasperi, le hace eco al acentuar el “legado común europeo” [3], es decir “esa moral unitaria que exalta la figura y la responsabilidad de la persona humana con su espíritu de fraternidad evangélica, con su respeto por el derecho heredado de los antiguos, con su aprecio por la belleza perfeccionado a lo largo de los siglos, con su búsqueda de la verdad y la justicia agudizada por una experiencia milenaria” [4].
En lugar de ser un criterio confesional exclusivo [5], la referencia a la deuda de la cultura europea con el cristianismo permite comprender mejor hasta qué punto la apertura a lo trascendente es siempre una dimensión constitutiva de la persona humana y una fuente viva de civilización.
A este respecto, el artículo 17 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea reviste gran importancia. Promueve «un diálogo abierto, transparente y regular» con las Iglesias, siempre en el respeto y sin prejuicio del «estatuto reconocido en los Estados miembros». La laicidad que rige la vida de los estados no sólo implica el carácter aconfesional de las instituciones civiles, sino que presupone una verdadera colaboración entre las partes, así como el respeto, por parte de las autoridades estatales y comunitarias, de la autonomía de las Iglesias y la promoción de su libertad de organización, de expresión y de culto.
Se trata de remontarse a la fuente de los valores que constituyen el fundamento de la convivencia civil, es decir, a «los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona, así como la libertad, la democracia, la igualdad y el Estado de Derecho» (Tratado de la Unión Europea, Preámbulo).
En el presente contexto multicultural, la afirmación de la universalidad de estos valores, que es esencial para su supervivencia, pasa también por un redescubrimiento de las propias raíces y por la apertura al diálogo con el otro.
Se trata de una necesidad social y política para redescubrir el papel central de la persona humana y dar un significado real a palabras como libertad, democracia, paz y unidad. Para ello, resulta muy valiosa la invitación del Papa Francisco a apreciar la complejidad de la realidad europea en toda la riqueza de sus tradiciones y sensibilidades, acentuando «el reto de una armonía constructiva, libre de hegemonías» [6].
Este doble movimiento, de redescubrimiento y diálogo, permitirá también encontrar un justo equilibrio entre los derechos mismos, así como entre los derechos y los deberes porque ―como recordaba el mismo Papa Francisco― el «concepto de derecho ya no se asocia al de deber, igualmente esencial y complementario, de modo que se afirman los derechos del individuo sin tener en cuenta que cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma» [7].
De hecho, la Europa contemporánea se enfrenta a una nueva etapa en su larga historia de encuentros, con la llegada al continente de tantos hombres y mujeres que huyen de zonas de guerra y persecución, o que buscan una mejora de vida lejos de la pobreza y la miseria.
Como dije durante mi reciente visita a las Islas Canarias, en España: «La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra» (Encuentro con las realidades de acogida de los migrantes, 11 junio 2026).
Todo esto, sin embargo, no sería suficiente: acoger a una persona significa integrarla como en la propia familia, ofreciéndole la posibilidad de desarrollar sus talentos, sus capacidades y sensibilidades, pero también de entrar en el espíritu de la casa que la acoge. Hay que captar el alcance histórico de lo que está sucediendo, es decir, un encuentro sin precedentes entre pueblos y culturas que pide un redescubrimiento creativo de nuestras raíces y, al mismo tiempo, una escucha atenta del otro. La universalidad de los valores fundacionales de Europa nos asegura que este diálogo es posible y que podrá dar una base sólida a nuestras sociedades, permitiendo trabajar de manera más eficaz por la paz y por un mundo reconciliado.
Esta lucidez inspiró a hombres como Schuman a superar la oposición entre las identidades culturales y dar vida a las instituciones europeas, al final de la terrible tragedia de la Segunda Guerra Mundial, mostrando lo grande que es el mal causado por el hombre cuando piensa que no tiene obstáculos en el ejercicio de su poder.
Robert Schuman, conoció fronteras en continua evolución, contribuyó a sentar las bases de una Europa consciente de la urgencia de derribar los muros que la desgarraban. Su formación cristiana le educó en el valor de la igualdad, sin distinción de raza o clase social, y le enseñó la dignidad del trabajo. La sucesión de diversas soberanías nacionales le inculcó la importancia del derecho internacional y el valor de la palabra dada. Habiendo crecido en un contexto donde el orgullo y la venganza parecían prevalecer, Schuman se comprometió con la paz y la hermandad entre los pueblos que, después de haber luchado durante mucho tiempo, finalmente reconocieron que se necesitaban mutuamente.
En consecuencia, ¿cuáles son las enseñanzas de Robert Schuman para la Europa y el mundo de hoy? En primer lugar, un profundo deseo de paz. Lamentablemente, también en Europa, en esta época ha reaparecido la guerra: una nueva «inútil masacre» [8] que cada día causa innumerables víctimas civiles. Y aún hoy, como en 1950, las palabras contenidas en la Declaración Schuman siguen siendo actuales: «La contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas» [9]. Es necesario comprometerse en un diálogo paciente, mostrar audacia en la negociación y estar dispuestos a sacrificar algunas posiciones por el bien superior de la paz.
Sin duda, la búsqueda de la paz en Europa, al igual que en el resto del mundo, no debe confundirse con un irenismo ingenuo. Por el contrario, las palabras de Schuman son más vigentes que nunca: «La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan» [10]. Sin embargo, hay que tener cuidado con la ilusión del rearme. «No es casual que los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro respecto a los otros» ( Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2026). Favorecer la paz es una obra activa. Hoy, la pregunta es si realmente estamos haciendo “esfuerzos creativos” para promover la paz en el mundo, o si simplemente estamos tratando de “detener la hemorragia de la guerra” y prepararnos mejor para las que suponemos que todavía están por venir.
La Europa de Schuman es un continente en el que se prefiere el diálogo a la lucha armada; en el que se ponen en común los recursos para que «cualquier guerra [...] no sólo resulte impensable, sino materialmente imposible» [11].
Según Schuman, Europa se basa en el respeto al derecho internacional que, a diferencia de las legislaciones nacionales, no puede ser impuesto a la fuerza por un estado, sino que se fundamenta en el principio universalmente reconocido pacta sunt servanda. Este principio se conserva celosamente en la legislación específica de esta región, que también abarca las relaciones entre el estado y la Iglesia católica sobre la base del Concordato de 1801 entre la Santa Sede y Francia, aún vigente.
El derecho internacional y el multilateralismo hacen hincapié en la igualdad efectiva de los estados en sus relaciones mutuas y constituyen el mejor antídoto contra la voluntad de dominación, que es la raíz de todo conflicto. Hoy en día, las relaciones humanas y entre los estados se vuelven cada vez más bárbaras. Se menosprecia el valor de la palabra dada; y se presume más bien la mentira y el engaño. Europa puede poner fin a esta espiral gracias al respeto por el otro, que ha sabido cultivar y preservar, pues ha demostrado ampliamente, en los últimos ochenta años, que es posible hacer valer opiniones, reivindicaciones e intereses divergentes, encontrándose en lugar de enfrentarse.
Schuman nos recuerda que siempre hemos de ser realistas y valientes: «Europa ―afirmaba― no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho» [12]. Nunca debemos perder la fe en nuestra capacidad de progresar, aunque los pasos que demos sean a veces pequeños y casi imperceptibles. La exigencia moderna de “tenerlo todo, ya” no se ajusta a la historia y la cultura europeas, las cuales, por el contrario, enseñan el valor del tiempo y de la paciencia. Sólo con pequeños pasos se puede dar vida a esta solidaridad concreta, que implica que nadie se sienta abandonado u olvidado.
Compartiendo estas reflexiones, pienso ante todo en los jóvenes, llamados a construir la Europa de hoy y del mañana. Como observó Schuman: «Que esta idea de una Europa reconciliada, unida y fuerte sea, a partir de ahora, la consigna para las jóvenes generaciones deseosas de servir a una humanidad liberada al fin del odio y del miedo y que, después de desgarramientos demasiado largos, aprende nuevamente la fraternidad cristiana» [13].
A los jóvenes les digo: tengan el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz, en su corazón, en sus relaciones, en su familia, en las escuelas y universidades, en la vida de sus ciudades, de sus pueblos y de toda Europa.
No se sometan a la lógica de la violencia y la opresión.
¡Amen la vida en cada momento y no le teman al futuro!
No tengan miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona, desde el primer instante en el vientre de la madre hasta su último aliento.
No tengan miedo de trabajar incansablemente al servicio del bien de sus comunidades, incluso a través del compromiso político.
¡Sean artífices de comunidad!
Y junto a ustedes, Europa, firmemente arraigada, seguirá floreciendo e inspirando al mundo entero.
Que Dios los sostenga en estas decisiones y que bendiga y proteja a toda Europa.
_______________________________
[1] S. Pablo VI, Carta ap. Pacis nuntius (24 octubre 1964): AAS 56 (1964), 965.
[2] R. Schuman, Por Europa, Madrid 2006, 42-43.
[3] Cf. A. De Gasperi, La nostra patria Europa. Discorso alla Conferenza Parlamentare Europea, 21 abril 1954, en: Alcide De Gasperi e la politica internazionale, Roma 1990, vol. III, 437-440.
[4] Ibíd.
[5] Cf. ibíd.
[6] Francisco, Discurso al Consejo de Europa (25 noviembre 2014).
[7] Francisco, Discurso al Parlamento europeo (25 noviembre 2014).
[8] Benedicto XV, Carta a los jefes de los pueblos beligerantes (1 agosto 1917): AAS 9 (1917), 423.
📍 De Avenue Foch a Place de la République y la Catedral, Metz, Francia
De 14:30 a 15:00, el Papa León XIV recorre el centro de Metz a bordo del papamóvil, por un trayecto que pasa por Place Mondon, Avenue Robert Schuman, Place de la République, Rue Haute-Pierre, Rue du Juge-Pierre-Michel, Rue de la Garde, Quai Paul Vautrin y Place de Chambre, antes de llegar a la Catedral de Saint-Étienne. A lo largo del recorrido el Papa se detiene varias veces para saludar a los fieles, en particular para bendecir a un grupo de niños enfermos. En Place de la République se instala una fan zone con pantallas gigantes para unas 15.000 personas; se esperan entre 50.000 y 100.000 personas en Metz durante la jornada. Unos 30.000-35.000 fieles se congregan en la plaza del ayuntamiento, frente a la catedral: el Papa recibe como regalo una raqueta de tenis de epoca y firma el Libro de Honor de la ciudad con el deseo "Que la paz de Dios reine siempre en la ciudad de Metz y en el corazon de todas las personas". Saluda ademas a algunos fieles con discapacidad y a los monaguillos, entre ellos el joven Louis.
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Leon XIV saluda a los fieles desde el papamovil en la plaza del ayuntamiento de Metz
Al término de la Misa se celebra la ceremonia oficial de despedida de Francia. El Papa deja Metz-Nancy-Lorraine a las 19:33, con aterrizaje en Roma/Fiumicino a las 20:53, cerrando así el viaje apostólico y su quinto viaje internacional. En la ceremonia participa tambien el presidente Macron, que reorganizo su agenda para estar presente tanto en la Misa como en la despedida, al concluir el quinto viaje internacional del Papa Leon XIV.
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Metz – Ceremonia de despedida, 28 de septiembre de 2026 – Papa Leon XIV
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La ceremonia de despedida en el aeropuerto de Metz-Nancy-Lorraine
El Papa Leon XIV saluda al presidente Macron antes de la partida
📍 Avión pontificio, vuelo Metz–Roma (Air France A321)
Durante el vuelo de regreso (despegue de Metz-Nancy-Lorraine a las 19:33, aterrizaje en Fiumicino a las 20:53), el Papa Leon XIV celebra la tradicional rueda de prensa con los 80 periodistas que lo acompanan, introducida por el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni. Respondiendo en ingles y espanol a seis preguntas, el Papa define los cuatro dias en Francia como "literalmente llenos de bendiciones", recordando en particular Lourdes y a los cerca de 80.000 jovenes en el Stade de France. Sobre el conflicto Rusia-Ucrania afirma que ambos paises deberian "venir, sentarse, dialogar, buscar como resolver los problemas sin continuar estas guerras que ya no tienen sentido", denunciando a quienes "se estan enriqueciendo mucho con una industria que promueve la guerra" y recordando el compromiso de mons. Gallagher y el card. Zuppi por el dialogo. Sobre los abusos en la Iglesia precisa que prefiere no usar el termino "sistemico", aunque reconoce responsabilidad en el acompanamiento de las victimas. Sobre el fin de vida en Francia reitera que "lo que es legal no es necesariamente moral". Sobre la inteligencia artificial se declara "relativamente optimista" pero no "en modo panico", anunciando el compromiso de una comision vaticana para que "la IA no destruya a la humanidad". Confirma finalmente tener una invitacion para Alemania, aunque sin fecha definida.
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Rueda de prensa en vuelo del Papa al regresar de Francia, 28 de septiembre de 2026
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El Papa a bordo del avion durante el vuelo de regreso a Roma
A las 17:00, en los Jardines Vaticanos junto a la Gruta de Lourdes, el Papa reza el Rosario con centenares de niños (entre 700 y 1.000) de escuelas y parroquias de Roma, en la apertura de la semana mundial de oración "Un millón de niños rezando el Rosario", promovida por la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada.
📰 Rueda de prensa sobre el décimo aniversario de Amoris Laetitia
A las 11:30, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede, se presenta el Encuentro "A diez años de Amoris Laetitia: anunciar el Evangelio a las familias hoy", convocado por el Papa León XIV en el Vaticano del 7 al 14 de octubre.
📖 Encuentro por el décimo aniversario de Amoris Laetitia
Encuentro en el Vaticano (7-14 de octubre) convocado por el Papa con los jefes de las Iglesias orientales, los presidentes de las Conferencias episcopales y varias familias.