Todos los eventos del día›2026-10-07›Apertura del Encuentro por el décimo aniversario de Amoris Laetitia
📖 Encuentro Amoris Laetitia
Apertura del Encuentro por el décimo aniversario de Amoris Laetitia
📍 Aula Pablo VI, Ciudad del Vaticano
Por la tarde, en el Aula Pablo VI, comienza el Encuentro "A diez años de Amoris laetitia: anunciar el Evangelio con las familias hoy", convocado por el Papa León XIV mediante un Mensaje del 19 de marzo de 2026 y previsto hasta el 14 de octubre. Participan unas 187 personas: los jefes de las Iglesias católicas orientales, los presidentes de las Conferencias episcopales, expertos y algunas parejas de familias de todo el mundo. Tras una meditación de la hermana Helen Alford, presidenta de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, el Papa pronuncia el discurso introductorio: recuerda el camino sinodal sobre la familia iniciado por Juan Pablo II y relanzado por el Papa Francisco, e invita a llevar ante Jesús las historias de gracia y los desafíos de estos diez años, siguiendo el modelo de Pablo y Bernabé que "contaron todo lo que Dios había hecho con ellos". El Papa exhorta a afrontar con valentía la distancia creciente entre la visión cristiana del matrimonio y el modo en que hoy se viven la afectividad y las relaciones, y a permanecer cerca de quienes experimentan la fragilidad, pidiendo escucha recíproca, libertad evangélica y discreción para este tiempo de discernimiento sinodal.
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Encuentro por el décimo aniversario de Amoris laetitia, 7 de octubre de 2026
Encuentro con los Jefes de las Iglesias Orientales y los Presidentes de las Conferencias Episcopales, con motivo del décimo aniversario de Amoris Laetitia (tradotto)
Mis queridos hermanos en el Episcopado, queridas familias, queridos hermanos y hermanas. Quise convocar este encuentro diez años después de la publicación de Amoris Laetitia, y os agradezco que hayáis reorganizado vuestros compromisos para que pudiéramos pasar juntos estos días
Mis queridos hermanos en el Episcopado, queridas familias, queridos hermanos y hermanas,
Quise convocar este encuentro diez años después de la publicación de Amoris Laetitia, y os agradezco que hayáis reorganizado vuestros compromisos para que pudiéramos pasar juntos estos días. Agradezco de corazón a las parejas casadas y a todos los que han venido a compartir algo de sus vidas en Cristo y que participarán en nuestras conversaciones, así como a los expertos y facilitadores.
Permitidme comenzar recordando el largo y fecundo camino sinodal y misionero que la Iglesia ha recorrido en relación con el matrimonio y la familia, un camino que estamos llamados a continuar.
La familia siempre ha ocupado un lugar importante en la preocupación pastoral del Sucesor de Pedro y de los Obispos que lo asisten mediante su participación en el Sínodo de los Obispos. El Sínodo de 1980 recogió un deseo ya expresado por el Papa Juan Pablo I durante su breve pontificado, que llevó finalmente a la Exhortación apostólica Familiaris Consortio de San Juan Pablo II.
Al comienzo de su propio pontificado, el Papa Francisco volvió a situar a la familia en el centro de un proceso sinodal, reconociendo la necesidad de continuar el discernimiento de la Iglesia ante los profundos cambios que afectan a un ámbito tan estrechamente vinculado a su misión en el mundo de hoy. Ese camino llevó, hace diez años, a la Exhortación apostólica Amoris Laetitia.
En este sentido, la Iglesia ha continuado por el camino indicado por el Concilio Vaticano II. Cuando los Padres del Concilio situaron la dignidad del matrimonio y de la familia al comienzo de la segunda parte de Gaudium et Spes, reconocieron que la vida familiar ofrece un punto de entrada privilegiado a las grandes cuestiones culturales, económicas, sociales y políticas de nuestro tiempo, incluida la labor de promover la paz entre los pueblos. La interdependencia de estas cuestiones se ha hecho aún más evidente hoy, siempre a la luz de la palabra de Dios: "'Dios los hizo hombre y mujer.' Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa" (Mc 10,6-7). La familia sigue siendo clave para un enfoque que mantenga unidos lo local y lo global, guiado por la búsqueda de una fraternidad universal en Cristo que el Evangelio nos llama a construir con todos. Esta historia de más de medio siglo impone a nuestro encuentro una responsabilidad particular como Pastores, mientras la vocación sinodal de toda la Iglesia continúa desplegándose.
Dentro de esta historia, Amoris Laetitia marcó una etapa importante, y los diez años transcurridos desde su publicación han pasado a formar parte de la vida de nuestras Iglesias particulares. Durante este tiempo, la Exhortación apostólica ha sido recibida en diferentes culturas y contextos pastorales, ha acompañado la vida concreta de las familias y ha inspirado iniciativas y procesos.
Estos son los diez años que ahora ponemos juntos ante el Señor Jesús. Con la guía del Espíritu Santo, mirar atentamente lo sucedido puede ayudarnos a reconocer más profundamente lo que Cristo ha estado enseñando a su Iglesia a lo largo de estos años.
Los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen una hermosa imagen de lo que estamos a punto de hacer. Al final de su viaje misionero, Pablo y Bernabé reunieron a la Iglesia y "contaron todo lo que Dios había hecho con ellos" (Hch 14,27). Después, de camino a Jerusalén, pasaron por Fenicia y Samaria contando lo sucedido en la misión, y su relato produjo gran alegría entre los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los Apóstoles y los ancianos, y de nuevo "contaron todo lo que Dios había hecho con ellos" (15,4).
Hay algo de este movimiento en nuestra propia reunión. Como he dicho, la Iglesia ha pasado estos diez años acogiendo Amoris Laetitia y caminando con las familias en circunstancias muy diversas.
Nosotros también traemos historias de lo que Dios ha hecho entre nosotros. Son historias recogidas a lo largo del camino de la misión: historias de conversión, de frutos inesperados, y de las relaciones que Dios ha tejido dentro de las familias mientras nuestras comunidades han intentado acompañarlas, junto con las dificultades que hemos enfrentado, las preguntas que han surgido y lo que hemos aprendido en el camino. Nos dan confianza al comenzar nuestro trabajo juntos. Pongámoslas ante el Señor, compartámoslas entre nosotros, buscando reconocer lo que Dios ha estado haciendo entre nosotros y hacia dónde conduce hoy su Espíritu a la Iglesia.
En mi mensaje del 19 de marzo, en el décimo aniversario de Amoris Laetitia, recordé que "hay, de hecho, lugares y circunstancias en los que la Iglesia 'puede llegar a ser sal de la tierra' solo a través de los fieles laicos y, en particular, a través de las familias". En efecto, Amoris Laetitia nos invita a tomar en serio esta vocación y responsabilidad. Las propias familias participan en la misión de la Iglesia en el tejido ordinario de sus vidas, a través del amor y la fidelidad, el cuidado y el perdón, la educación de los hijos, sus esfuerzos por transmitir la fe, la atención a los ancianos y a los más vulnerables, y las muchas formas en que sirven a sus comunidades y a la sociedad. De todas estas maneras, las familias dan testimonio del Evangelio y contribuyen a la vida y a la misión de la Iglesia.
Como Pastores, hemos recibido la responsabilidad, oportuna e inoportunamente, de proclamar la belleza del plan de Dios para el matrimonio y la familia y su llamada al amor y a la ternura. Esto nos exige acompañar a las personas mientras buscan vivir su vocación en las circunstancias concretas de su vida.
Este ministerio nos coloca también en una escuela de escucha. La sabiduría del Pueblo de Dios nos llega a través de nuestra fe común, que ilumina a todas las familias, incluidas las situaciones marcadas por dificultades, soledad y, a veces, incluso aparente fracaso. El Señor mismo nos enseña pacientemente cuando nos tomamos el tiempo de escuchar, y ciertamente tenemos mucho que aprender de las familias.
Sus vidas también nos plantean preguntas que merecen ser afrontadas con valentía. En muchos contextos ha surgido una distancia creciente entre los modos en que se vive la sexualidad y la intimidad y la visión cristiana del matrimonio. Los jóvenes siguen anhelando amor, fidelidad y pertenencia, pero a muchos les cuesta comprender cómo esa visión del amor puede tomar forma en sus propias vidas o creer que un compromiso para toda la vida es la condición para alcanzar lo que desean. La inseguridad económica, la migración, la violencia, la soledad y otras formas de fragilidad emocional también condicionan las decisiones que toman las personas y las posibilidades que pueden imaginar para su futuro.
Estas realidades plantean una serie de preguntas que debemos afrontar con valentía. ¿Qué buscan realmente las personas bajo estos cambios culturales? ¿Qué nos revelan sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y angustias? ¿Dónde logran nuestro lenguaje y nuestras prácticas pastorales abrir un camino, y dónde fracasan en tocar el corazón de las personas o en ayudar a sus esfuerzos por hacer el bien? ¿Qué nos enseña la experiencia vivida de las familias, una experiencia de la que todavía no hemos aprendido plenamente? ¿Qué podemos ofrecer como formación para una vida familiar sana y santa? En particular, ¿qué podemos aprender de los padres mientras buscan acompañar a sus hijos y a los jóvenes en tales contextos?
La fragilidad merece una atención especial, porque puede modelar profundamente el modo en que las personas se ven a sí mismas, a su futuro e incluso su relación con Dios y con la Iglesia. La experiencia de la fragilidad plantea la pregunta de si somos capaces de permanecer cerca los unos de los otros cuando la vida ya no corresponde a lo que se había esperado, y si podemos reconocer la obra de la gracia incluso en situaciones marcadas por límites, heridas y aparente fracaso.
También en este aspecto, la experiencia de las familias tiene algo que enseñar a todos, ya que la fragilidad pertenece a nuestra condición humana común y, por tanto, también a la vida de la Iglesia. Todos conocemos la brecha entre el bien que deseamos y lo que somos capaces de vivir. Necesitamos gracia, perdón y nuevos comienzos para cumplir la voluntad de Dios, y aprendemos que la fidelidad es en sí misma una gracia que se recibe y un camino que se renueva gradualmente, a menudo a través de la prueba. Reconocer este desafío compartido debería dar forma al modo en que nos acompañamos unos a otros en la Iglesia. ¿Qué tipo de Iglesia encuentran, pues, las personas precisamente cuando son más frágiles? ¿Ayudan nuestras comunidades a descubrir que todavía tienen un lugar, una responsabilidad y dones que ofrecer? ¿Puede encontrarse la verdad que proclamamos a través de la paciencia, la cercanía y la misericordia de nuestra presencia pastoral? ¿Cómo podemos anunciarles la plenitud de la enseñanza del Evangelio sobre la familia?
Durante estos días, os invito a dar a estas preguntas todo su peso. El Espíritu Santo habla a menudo precisamente a través de las situaciones que nos ponen a prueba, y nos ilumina para que podamos descubrir cómo la misericordia de Dios y la gracia salvífica de Cristo pueden llegar hoy a nuestras familias, particularmente en su debilidad y resiliencia, en sus esperanzas y desilusiones, en su anhelo de comunión y en su búsqueda de sentido. Nuestra tarea, por tanto, no es solo interpretar estas realidades, sino dejar que nos interpelen y motiven nuestra responsabilidad pastoral, para que la Iglesia encuentre modos renovados de anunciar el Evangelio, ofrecer las gracias sacramentales, acompañar a las familias y hacer visible la ternura con la que Cristo sigue caminando entre su pueblo.
Que nuestro diálogo esté marcado por la libertad evangélica que vemos en los Hechos de los Apóstoles. Podemos compartir lo que ha traído alegría en nuestras Iglesias, lo que nos ha desafiado y qué preguntas han surgido con más claridad a través de la experiencia. Además, la diversidad de las situaciones de las que venimos puede convertirse en un don para el discernimiento de toda la Iglesia.
El Marco Temático preparado para este encuentro pretende mantener ante nosotros la amplitud de Amoris Laetitia y poner la Exhortación apostólica en diálogo con lo que nuestras Iglesias han vivido durante estos diez años. Inspirémonos en la riqueza de la palabra de Cristo y de la tradición de la Iglesia. El programa se ha hecho público para que el Pueblo de Dios pueda acompañar nuestro trabajo mediante la oración y la reflexión sinodal.
Por nuestra parte, escucharnos unos a otros, dejar que lo que oímos resuene dentro de nosotros y permanecer atentos a las mociones del Espíritu Santo pueden despertar la creatividad pastoral que necesitamos ante estas nuevas preguntas.
Por eso nuestro retiro común esta tarde, y la oración con la que comenzaremos cada día, están en el corazón de nuestro trabajo. Pido al Señor que nos ayude a reunir los frutos que Amoris Laetitia ha dado en nuestras Iglesias locales, para que alimenten a toda la Iglesia.
Espero que, a través de las muchas historias que traéis de vuestras Iglesias y de diferentes contextos culturales, pueda ir tomando forma poco a poco un relato compartido de estos diez años, marcado por la alegría y la esperanza, que nos permita afrontar con honestidad también las pruebas y dificultades que persisten. Esto alimentará el discernimiento pastoral de las Conferencias Episcopales y de las estructuras jerárquicas de las Iglesias orientales. Igualmente ayudará a las Iglesias locales a reconocer nuevos caminos y a implicar más profundamente a todos los bautizados en el camino sinodal de la Iglesia. Os pediría también que todos preservemos la discreción y la confidencialidad que requiere este tiempo de escucha y discernimiento.
Que el Señor nos dé la libertad de escucharnos unos a otros, la sabiduría de reconocer su obra en medio de su pueblo y el valor de seguir el camino que Él nos indica, para que, cada día, el Evangelio pueda llegar a ser cada vez más plenamente una buena noticia para las familias de todo el mundo. Gracias.