Todos los eventos del día›2026-10-14›Misa de clausura del encuentro por el décimo aniversario de Amoris laetitia, presidida por el Card. Tagle
10:00
Plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano
📖 Santa Misa
Misa de clausura del encuentro por el décimo aniversario de Amoris laetitia, presidida por el Card. Tagle
📍 Plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano
A las 10.00, en la Plaza de San Pedro, el cardenal Luis Antonio Tagle, decano del Colegio Cardenalicio, presidió la Santa Misa por el décimo aniversario de la exhortación apostólica "Amoris laetitia", en conclusión del encuentro convocado en el Vaticano del 7 al 14 de octubre con los jefes de las Iglesias orientales católicas y los presidentes de las Conferencias Episcopales. Dado que el Papa León XIV está ingresado desde el 13 de octubre en el Policlínico Gemelli por la extirpación del lóbulo inferior del pulmón derecho (resultó ser un adenocarcinoma pulmonar), el Cardenal Tagle leyó la homilía preparada por el Pontífice, presentándola con las palabras "Ahora leeré la homilía preparada por el Santo Padre, el Papa León XIV". En el texto, León XIV reflexiona sobre la caridad conyugal y familiar partiendo de la Primera Lectura (el himno a la caridad de San Pablo) y de "Amoris laetitia", recordando que "por más herida que esté una familia, siempre puede crecer a partir del amor", e invitando a redescubrir la oración común en familia. El Cardenal Tagle presidió además la celebración con un mandato especial del Papa para manifestar públicamente la comunión eclesiástica concedida por León XIV a Su Beatitud Polis III Nona, Patriarca de Bagdad de los Caldeos, presente en la Eucaristía. La celebración se convirtió también en un momento coral de oración por la salud del Pontífice por parte de los fieles presentes en la plaza.
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Santa Messa, 14 ottobre 2026 (Vatican News Italiano)
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Highlights - Holy Mass, October 14, 2026 (Vatican News)
📷 Fotos
El Cardenal Tagle preside la Misa de clausura del encuentro sobre Amoris laetitia (Vatican Media)
La Santa Misa en la Plaza de San Pedro, con la participación de obispos y familias (Vatican Media)
Un momento de la celebración eucarística del 14 de octubre (Vatican Media)
Homilía de la Misa en el X aniversario de Amoris laetitia (leída por el Card. Tagle) (traducido)
Ahora leeré la homilía preparada por el Santo Padre, el Papa León XIV.
«La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia» (Francisco, Exhort. ap. Amoris laetitia, 19 de marzo de 2016, 1). Así comenzaba, hace diez años, el Santo Padre Francisco la Exhortación apostólica Amoris laetitia (AL).
Hoy celebramos la Eucari
Ahora leeré la homilía preparada por el Santo Padre, el Papa León XIV.
«La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia» (Francisco, Exhort. ap. Amoris laetitia, 19 de marzo de 2016, 1). Así comenzaba, hace diez años, el Santo Padre Francisco la Exhortación apostólica Amoris laetitia (AL).
Hoy celebramos la Eucaristía presentando al Señor los frutos del trabajo realizado sobre el Documento en este período, procurando asimilar su riqueza y poner en práctica sus indicaciones pastorales.
La Liturgia de hoy nos ofrece a este respecto algunos motivos de reflexión. Hemos escuchado, en la primera Lectura, el "himno a la caridad" de San Pablo (cf. 1 Cor 12,31-13,13), que la Exhortación, en su cuarto capítulo, sitúa en la base de una rica meditación sobre las virtudes del Matrimonio cristiano, unión «afectiva, espiritual y oblativa» (AL, 120) e icono del amor de Dios (cf. AL, 121). Es precisamente a través de estos valores que los esposos, a imagen de la Trinidad y con la ayuda de la gracia, crecen juntos, día a día, madurando cada uno en su propia peculiaridad y, al mismo tiempo, realizando esa mutua semejanza que crece a través del «proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia» (AL, 123). Así, la verdadera alegría del amor es una lenta fusión, en la que la singularidad de cada uno florece, como don, a través de la presencia del otro.
El Apóstol, por lo demás, dirigía sus palabras a una comunidad rica en dones y carismas (cf. 1 Cor 12,4-11), pero necesitada de madurar en la caridad. Recordaba a los Corintios que sin ella, con todos los talentos recibidos, el hombre es «como bronce que resuena o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1): una voz sin amor, un oído incapaz de llevar mensajes al corazón, una individualidad lejana, fría, impenetrable.
Nosotros no estamos hechos para esto. Nos lo ha recordado también el Salmo responsorial, llamándonos "pueblo" y "rebaño" de un Dios cuyo «amor es para siempre» y cuya fidelidad se extiende «de generación en generación» (Sal 99,5), de un Señor que ama sin volverse jamás atrás, sin dejar nunca de buscarnos, de darnos su confianza y de renovarnos su amistad.
Esta es la caridad que Amoris laetitia nos invita a poner como fundamento de nuestras familias. Es el amor verdadero al que nos exhorta, de modo particular, a educar a los jóvenes que se preparan para el Matrimonio, enseñándoles «la importancia de las virtudes», entre las cuales asigna un lugar especial a la castidad, «condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal» (AL, 206). Son loables, para este fin, los itinerarios que con empeño se realizan a nivel parroquial o de zonas pastorales. Recordemos, sin embargo, que estos caminos por sí solos no bastan, si no están precedidos y sostenidos por una educación para el amor que acompañe todo el crecimiento, desde la infancia. El Papa Francisco, al respecto, observaba que «aprender a amar a otra persona no es algo que se improvisa, ni puede ser el objetivo de un [...] curso previo a la celebración del matrimonio» (AL, 208). Y explicaba: «En realidad, cada persona se prepara para el matrimonio desde que nace» (ibid.), y todo lo que un joven vive en familia debe contribuir a «hacerlo capaz de un compromiso pleno y definitivo» (ibid.).
Así, la caridad doméstica, concreta, no exenta de momentos de fatiga, de errores y de caídas, y al mismo tiempo maravillosa en su imprevisible cotidianidad, es la primera escuela de los afectos, el primer precioso e insustituible aprendizaje de la "alegría del amor". Por eso merecen ser valorados y sostenidos los esfuerzos de tantas familias que, en nuestras ciudades y países, viven su vocación y misión día a día, sin estridencias, pero con una fidelidad a veces heroica. Ellas son una respuesta generosa y comprensible para todos a las palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que os he elegido yo a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). A través del testimonio de estos padres, hijos, abuelos, jóvenes y ancianos, pequeños y grandes, el mensaje de verdad y de plenitud de vida del Evangelio se difunde eficazmente en el mundo.
El Evangelista Juan nos ha transmitido el mandato simple y claro que nos dejó Jesús al final de su vida terrena: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Pongámoslo en práctica, para crecer como Iglesia que es «familia de familias» (AL, 87), en un clima de cuidado recíproco del que todos sacaremos provecho: los jóvenes esposos, que se sentirán alentados al iniciar su camino conyugal; los padres, que tendrán ayuda para afrontar los desafíos exigentes ligados al crecimiento de los hijos y a la gestión de la vida familiar; los ancianos, que verán reconocido y valorado su papel de testigos de sabiduría y de virtud, mientras las fuerzas físicas disminuyen. Aquí encontrará también apoyo y motivación quien es más frágil, o vive situaciones difíciles y momentos de crisis, rodeado de afecto y protegido de juicios y prejuicios. Recordemos que, «por más herida que esté una familia, siempre puede crecer a partir del amor» (XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Relatio finalis, 10).
En esta caridad, fundamental para nuestra propia existencia y para nuestro estar juntos como seres humanos, hunden también sus raíces los valores de la apertura y del respeto a la vida, desde la concepción hasta el término natural. De tales valores la familia es depositaria por excelencia, como faro para el bien de la humanidad. El Papa Francisco, al respecto, subrayaba que «ninguna unión precaria o cerrada a la transmisión de la vida [...] asegura el futuro de la sociedad» (AL, 52). Sin familias sólidas, abiertas al don de los hijos, atentas a su educación y a su crecimiento, el mundo no tiene futuro.
En los textos que hemos escuchado hay, sin embargo, todavía otra importante invitación de Jesús que quisiera recordar: la de "pedir al Padre en su nombre" (cf. Jn 15,16). Estas palabras nos recuerdan que la familia es lugar privilegiado de oración. Hay que reconocer, por desgracia, que hoy, en muchas partes del mundo, la costumbre de orar juntos dentro de las paredes domésticas —antes de las comidas, al comienzo y al final del día, o en ocasiones particulares— se ha debilitado bastante. Amoris laetitia nos recuerda que hacerlo es fundamental: «Hay que subrayar —afirma— la importancia de la espiritualidad familiar, de la oración y de la participación en la Eucaristía dominical» (AL, 223), y recomienda que también entre familias se reúnan «regularmente para promover el crecimiento de la vida espiritual y la solidaridad en las exigencias concretas de la vida» (ibid.). La oración común y los Sacramentos tienen un papel muy relevante en la vida familiar, porque, al abrir los corazones a la acción de Dios, permiten llegar juntos también allí donde solos nunca se llegaría. Son un alimento sólido y una medicina saludable; por eso exhorto calurosamente a todos a redescubrir y promover esta práctica.
Queridos hermanos y hermanas, tengo también el honor de presidir esta celebración con un mandato especial del Santo Padre León XIV, con el fin de manifestar públicamente la comunión eclesiástica concedida por Él a Su Beatitud Polis III Nona, Patriarca de Bagdad de los Caldeos, que participa en esta Eucaristía.
La comunión de un Patriarca con el Sucesor de Pedro recuerda una praxis antigua, que sancionaba la unidad en la fe y en la caridad de una Iglesia patriarcal con la Sede de Roma y, en su momento, de las mismas Iglesias entre sí: no representa por tanto una mera formalidad, sino una realidad viva, que encuentra su propia razón de ser en la Comunión eucarística, fuente y culmen de la unidad de la Iglesia en Cristo.
Beatitud, su presencia nos ayuda a comprender mejor nuestro ser Iglesia, comunión en Cristo Señor de Iglesias de diversos ritos y tradiciones en la unidad visiblemente manifestada con el Sucesor de Pedro. Le aseguramos el afecto de toda la Iglesia católica y la oración por los fieles confiados a sus cuidados pastorales, probados desde hace tiempo, pero firmes y a menudo heroicos al testimoniar, entre muchas adversidades, la fe en Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, confiemos todas las familias y la Iglesia entera a la Sagrada Familia de Nazaret, retomando la oración puesta por el Papa Francisco al final de Amoris laetitia.
«Sagrada Familia de Nazaret, haz que nuestras familias sean lugares de comunión y cenáculos de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas Iglesias domésticas. [...] Que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y de división; [...] que quien haya sido herido o escandalizado encuentre pronto consuelo y curación. [...] Haz que todos tomemos conciencia del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios. Jesús, María y José, escuchadnos y acoged nuestra súplica. Amén» (AL, 325).