Por la mañana, en la Sala Clementina, el Papa León XIV recibe a más de cien participantes en el Simposio de la «Communio Internationalis Benedictinarum» (Cib), el organismo que cada cuatro años reúne a representantes del mundo monástico benedictino femenino (con la presencia de algunos monjes) de todo el mundo. El Papa se dirige a los presentes en inglés, recordando que la Cib prosigue desde hace veinticinco años el camino de comunión y coordinación iniciado por el Papa León XIII para la Confederación Benedictina y alentado por el Concilio Vaticano II en el decreto «Perfectae Caritatis». Recordando su reciente peregrinación a los monasterios de Subiaco y Montecasino, León XIV subraya que el esfuerzo de las monjas y los monjes por estar «cada vez más profundamente arraigados en Cristo» y ser su «testimonio vivo y orante en toda la tierra» constituye «un gran signo y un don profético», especialmente necesario en un tiempo marcado por la sed de vida auténtica, de comunión y de paz. El Pontífice elogia además el proyecto de la Cib para ofrecer, en Roma y en otros lugares mediante herramientas digitales, nuevas oportunidades de formación dedicadas a las monjas benedictinas.
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Participantes en el Simposio de la «Communio Internationalis Benedictinarum», 12 de septiembre de 2026
Discurso a los participantes en el Simposio de la «Communio Internationalis Benedictinarum» (traducido)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La paz esté con vosotros. Queridas hermanas, y también algunos hermanos aquí presentes, me alegra mucho encontrarme con vosotros con ocasión del Simposio de la Communio Internationalis Benedictinarum, que reúne a representantes del mundo monástico de todo el mundo...
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con vosotros.
Queridas hermanas, y también algunos hermanos aquí presentes,
Me alegra mucho encontrarme con vosotros con ocasión del Simposio de la Communio Internationalis Benedictinarum, que reúne a representantes del mundo monástico de todo el mundo.
Al saludar a la Moderadora, tal vez usted misma, mi pensamiento se dirige de manera especial al Abad Primado, que no ha podido estar presente por compromisos derivados de sus responsabilidades primaciales.
El vuestro es un trabajo valioso, que desde hace veinticinco años continúa el camino de comunión y coordinación iniciado y promovido por el Papa León XIII para la Confederación Benedictina, y posteriormente alentado por el Concilio Vaticano II en el Decreto Perfectae Caritatis (cf. 22-23).
Este camino compartido es tanto más importante cuanto que pretende vivir y hacer progresar el carisma benedictino en todo el mundo a través de una especial sinodalidad espiritual que hace de la singularidad de cada persona un tesoro para todos.
Hablando de San Benito, el Papa Francisco subrayaba la importancia de «un corazón dilatado por la inefable dulzura del amor». Un corazón, decía, es anuncio de gracia, porque sus raíces son tan firmes que el árbol crece bien, resistiendo las inclemencias del tiempo y dando los ricos frutos del Evangelio.
También yo he visitado recientemente, he querido visitar y he visitado como peregrino los monasterios de Subiaco y Montecasino, para orar en esos lugares que guardan un significado tan profundo para todo el Pueblo de Dios y para nuestra historia. Al reflexionar sobre el silencio y la paz de esos santuarios, y al veros aquí hoy, no puedo sino alegrarme al constatar que —como dice el Evangelio— «de una pequeña semilla ha crecido un gran árbol». En efecto, una viña se ha extendido y «ha llenado la tierra», y ha dado mucho fruto porque, como gustaba decir mi venerable predecesor, está profundamente arraigada en el Señor.
Por ello, como monjes y monjas de tantos países diferentes, los esfuerzos que hacéis por estar cada vez más profundamente arraigados en Cristo, y por ser su testimonio vivo y orante en toda la tierra, son un gran signo y un don profético. Esto es especialmente necesario para nuestro tiempo, marcado por una sed de vida auténtica, de comunión y de paz.
A este respecto, San Pablo VI señalaba a San Benito y a sus discípulos como aquellos que, a través de la oración, el estudio y el trabajo, «con la cruz, el libro y el arado», difundieron «la civilización y [...] los valores espirituales». Así construyeron entre pueblos y naciones diferentes una «unidad que, como afirma San Agustín, es 'ejemplo y modelo de belleza absoluta'».
En este sentido, pues, es realmente loable que estéis comprometidas en un proyecto —en Roma y en otros lugares mediante herramientas digitales— para ofrecer nuevas oportunidades de formación específicamente dedicadas a las monjas benedictinas.
Queridas hermanas y hermanos, os doy gracias por quiénes sois y por todo lo que hacéis. Gracias por vuestra oración, por vuestra presencia humilde y silenciosa, por la ofrenda diaria y escondida de vuestras vidas, y por la guía espiritual, la reflexión teológica y los valores comunitarios que vivís e irradiáis. Os animo a continuar en vuestro compromiso consagrado a la comunión, y a todos os imparto de corazón mi bendición.