

Señor Director General,
Señor Presidente de la Conferencia General,
Señor Presidente del Consejo Ejecutivo,
Excelencias,
Señoras y señores:
Me alegra encontrarme hoy en esta asamblea de las Naciones, donde lenguas y culturas se encuentran para cooperar en un proyecto que compromete a toda la familia humana: «contribuir a la paz y a la seguridad…
Señor Director General, Señor Presidente de la Conferencia General, Señor Presidente del Consejo Ejecutivo, Excelencias, Señoras y señores:
Me alegra encontrarme hoy en esta asamblea de las Naciones, donde lenguas y culturas se encuentran para cooperar en un proyecto que compromete a toda la familia humana: «contribuir a la paz y a la seguridad estrechando, mediante la educación, la ciencia y la cultura, la colaboración entre las naciones, a fin de asegurar el respeto universal a la justicia, a la ley, a los derechos humanos y a las libertades fundamentales» (Constitución de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, art. 1, párr. 1). Construir juntos un mundo justo es, en efecto, el fundamento mismo de la cooperación internacional. Nuestras experiencias, capacidades y competencias están orientadas a edificar un espacio acogedor para todos y fecundo para cada uno, a fin de que cada pueblo pueda crecer en la paz.
Como testigo de paz, dirijo mi cordial saludo a ustedes, Representantes de los Estados miembros y observadores, de las Organizaciones internacionales, del mundo académico y de la sociedad civil. Agradezco al señor Khaled El-Enany, Director General de esta Organización, por su cálida invitación [y por las palabras que nos ha dirigido]. Como Pastor, les traigo la palabra de la Iglesia, que una y otra vez se hace «mensaje» y «diálogo» hacia todos los pueblos, mujeres y hombres de buena voluntad (cf. S. Pablo VI, Carta enc. Ecclesiam suam, 67).
El proyecto de construir juntos un mundo justo coincide con una misión que hemos aprendido a compartir a lo largo de la historia. A este respecto, la UNESCO representa a la vez una meta y un instrumento para continuar hoy, con renovado empeño, esta tarea, según nuestros múltiples ámbitos de actividad. En 2027 se cumplirá el 75° aniversario de la presencia de la Santa Sede en la UNESCO: una presencia que brota de la convicción de que el futuro depende, ante todo, del respeto y de la promoción de la dignidad inalienable de todo ser humano creado a imagen de Dios. Por eso consideramos a esta Organización un interlocutor privilegiado al servicio del bien común, que es la «forma social de la dignidad» que todos compartimos de manera originaria e igual (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, 59). Desde 1952, la Misión Permanente de Observación de la Santa Sede evalúa y acompaña, en esta perspectiva, las iniciativas de la UNESCO, aportando su contribución al diálogo entre las naciones, con el fin de sostener un auténtico desarrollo humano, que solo es tal cuando está orientado «a la promoción de todo hombre y de todo el hombre» (S. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 14).
Dirigiéndose a esta asamblea, mi venerado predecesor san Juan Pablo II recordaba que «genus humanum arte et ratione vivit». Pues bien, dado que «el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura» (Discurso a la UNESCO, 2 de junio de 1980, 6; cf. Sto. Tomás de Aquino, In Aristotelis Posteriora Analytica, 1), esta palabra "cultura" indica el modo de ser mediante el cual el hombre da sentido a todo lo que hace. Cuarenta y seis años después, mientras renuevo entre ustedes el compromiso de colaboración de la Santa Sede, les invito a concebir la UNESCO no solo como un ilustre organismo internacional, sino como un lugar en el que la humanidad reflexiona sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro. En efecto, es imposible promover la educación, las ciencias y la cultura sin promover la vida del hombre y de la mujer, que son sus protagonistas.
En el campo de la educación, la Iglesia católica cuenta con una experiencia muy antigua: desde hace siglos sus comunidades abren escuelas y universidades, enseñan a leer y a escribir y están presentes también en los lugares más pobres y remotos. Con el Pacto Educativo Global, mi predecesor Francisco quiso insertar esta experiencia en una alianza educativa más amplia, abierta a la contribución de todos. Pero lo que deseo transmitirles no son ante todo las obras: es la convicción de la que brotan. Ninguna educación es completa si no aborda la cuestión del sentido. En ese mismo discurso, san Juan Pablo II lo recordaba: educar significa ayudar al hombre a «ser» más y no solo a «tener» más, reconociendo también en él esa trascendencia de la persona que pertenece a la plenitud de su humanidad (cf. ibíd., 10-11).
En nuestra asamblea merece entonces explorarse una pregunta fundamental, que nos interpela con urgencia: ¿qué significa ser humanos? Toda cultura se ve implicada en este interrogante, que toca el punto de síntesis de todo saber, arte y religión. Incluso en el siglo XXI, después de todo, no podemos dar por sentado que sabemos quién es el hombre y qué comporta vivir humanamente. Cada generación, en efecto, está llamada a medirse con este desafío cultural, especialmente ante las tragedias que, lamentablemente, ocurren todavía hoy.
Ante todo, el hombre es aquel que es concebido y nace: ser humano significa, pues, en primer lugar, ser hijo. Ninguno de nosotros eligió serlo. Nadie decidió de quién, ni cuándo, ni dónde nacer. Esta evidencia ilumina un hecho no solo biológico, sino ético: como hijos, somos todos hermanos y hermanas. Nuestra humanidad es desde el inicio un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad. Para todos los seres humanos, la generación comporta un vínculo original, una comunión de vida que tiene en la familia su fuente y su primer contexto educativo.
En segundo lugar, todos nacemos desnudos y necesitados. Somos pobres por nacimiento: indigentes de pan y de palabra, de cuidado y de afecto, es decir, de todo aquello que nutre el cuerpo y el espíritu. Lo sabemos bien, y sin embargo, al hacernos adultos corremos el riesgo de olvidarlo. Y de las mayores consecuencias de este olvido sufren precisamente los necesitados, cada vez que su humanidad es traicionada o descartada, explotada o engañada. El olvido de nuestro nacimiento oscurece la idea de vida humana, porque la separa de la historia común a todos nosotros. Entonces la vida ya no se concibe como don, sino como mercancía. Ya no se ve como una llamada al cuidado y a la responsabilidad, sino como un producto que explotar. Precisamente esta dramática alternativa nos recuerda que ser humanos significa ser libres por naturaleza. Puesto que cada uno de nosotros es hijo, nuestra libertad comienza respondiendo a la de quien primero se dirige a nosotros, con gestos de afecto o de rechazo, de acogida amorosa o de abandono y crueldad.
En tercer lugar, hacer memoria de nuestra humanidad común significa reconocer que es magnífica, es decir, llena de potencialidades, aunque marcada por muchos males e injusticias. Quien se dedica a la educación, a la ciencia y a la cultura está llamado con mayor razón a cuidar de cada persona, para que pueda resplandecer la belleza de nuestra libertad. Esta belleza tiene un nombre: justicia. Sí, la libertad es bella cuando está orientada hacia el bien y la verdad; se desfigura cuando se desliza hacia la arbitrariedad, la violencia y la sed de poder. Ser hombres implica, por tanto, una responsabilidad ante la llamada de la historia: el hombre es aquel que crece, aprende, trabaja con la mente y con las manos. Mediante su compromiso puede cultivar o desfigurar la tierra, producir arte o destruir. En este momento particular, debemos reconocer que la más terrible de las «obras humanas» es la guerra; porque en ella la ciencia misma se pone al servicio de una voluntad inhumana de destruir y matar.
A este respecto, el Preámbulo de la Constitución de la UNESCO se abre con palabras que conservan una sorprendente actualidad —como hemos visto en el "Muro de la Paz"—: «puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz» (Constitución de la UNESCO, Preámbulo, 1945). Estas palabras se escribieron al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial: la tragedia más devastadora del siglo pasado. La humanidad había comprendido que el progreso científico, cuando se separa de la sabiduría, puede transformarse en un arma devastadora; que la cultura, cuando se doblega a la ideología, puede convertirse en mentira y propaganda; que la educación, cuando renuncia a la verdad, se degrada en un instrumento para manipular las conciencias. Los Estados fundadores de la UNESCO comprendieron que los tratados son necesarios, pero no suficientes por sí mismos. Requieren una cultura y un compromiso compartido con la paz que los sostenga. La paz no puede construirse solo con tratados, ni mediante compromisos entre fuerzas opuestas. La paz es verdadera cuando brota de la virtud de la justicia más que de un mero contrato, de una voluntad recta más que de un inestable equilibrio de intereses. En efecto, solo una voluntad recta puede reconocer en el otro a un hermano o una hermana, una persona como uno mismo.
Ochenta años después, las palabras de su Carta constitutiva no han perdido nada de su fuerza. Y, sin embargo, vemos también cuán profundamente este principio común está amenazado por formas de barbarie que fomentan rivalidades y conflictos. Entre los desafíos que hoy se plantean al mundo científico y educativo, señalo en particular los que se abren en el vasto campo de la tecnología. Nuestros esfuerzos en este ámbito deben lograr que las nuevas tecnologías permanezcan al servicio de la persona humana, en lugar de convertirse en un instrumento más de dominio y de injusticia.
A lo largo de los siglos, muchas actividades antes realizadas por los seres humanos han sido confiadas a las máquinas, cuyas capacidades y aplicaciones han seguido ampliándose. Más recientemente, a algunos sistemas artificiales se les ha atribuido incluso el nombre de nuestra facultad humana de pensamiento: inteligencia. Al mismo tiempo, sin embargo, nuestras ideas y relaciones corren el riesgo de empobrecerse por un proceso de deshumanización. La paradoja se ha vuelto cada vez más evidente: mientras se atribuye "inteligencia" a los sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas humanas, cuyas vidas se evalúan con el criterio de la eficiencia y, cuando se consideran ya no productivas, son rechazadas y descartadas.
Esta dolorosa realidad nos invita a reflexionar tanto sobre la fragilidad de nuestra naturaleza humana como sobre la inmensa dignidad de toda persona humana, una dignidad que permanece intacta incluso en las circunstancias más vulnerables, hasta la misma muerte. Sí, el ser humano es ciertamente aquel que nace, pero es también aquel que muere. Nuestra dignidad no queda destruida por la enfermedad o el dolor, ni depende de las prestaciones de las que una persona es capaz. Al contrario, requiere un cuidado amoroso en cada etapa de la vida.
Para la fe cristiana, el misterio de la persona humana encuentra su plena luz en Cristo, quien, «al revelar el misterio del Padre y de su amor, manifiesta también plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et Spes, 22). A su luz, cada persona se nos presenta como una criatura querida y amada por Dios. Esta luz nos ayuda también a captar más profundamente el sentido de nuestra experiencia humana común.
Señoras y señores, en nombre de nuestra historia común, como hombres y mujeres de ciencia, están constantemente llamados a cooperar, para que de la diversidad de perspectivas pueda madurar una convergencia de miradas, y de la convergencia de miradas, una armonía de acción. Esta armonía se expresa en la obra de la UNESCO cuando da voz sinfónica a los más altos propósitos de bien y de cuidado por la humanidad. Donde hay armonía, hay acuerdo entre voces diversas y, por tanto, concordia entre las Naciones que representan.
A este respecto, quisiera recurrir a dos imágenes de la Biblia, el gran código cultural de la humanidad: la torre de Babel y la plaza de Pentecostés. Se las propongo como modos de representar la unidad de la familia humana que, también hoy, está continuamente llamada a discernir la dirección, el sentido de la historia que atraviesa. Estos relatos bíblicos narran, en efecto, dos formas sociales que nos llevan a reflexionar sobre las circunstancias de nuestro presente.
La Torre de Babel representa una unidad impuesta mediante el dominio (cf. Gn 11,4). Al mismo tiempo, este edificio revela que cuanto más oprime el poder, más se debilita, mostrando su rostro inhumano. Se ve en los sufrimientos y las injusticias que causa el despotismo, así como en la explotación que hiere a la sociedad y al medio ambiente. Como enseña la historia, muchos imperios celebraron su prepotencia, antes de consumirse y derrumbarse como una torre. El resultado de esta soberbia, exaltada y destruida, es la dispersión. La presunción de hacerse semejante a Dios y de someter a los pueblos a un yugo único tiene como consecuencia la confusión de las lenguas y la incomprensión general. En lugar de tocar el cielo, como pretendía, la torre de Babel se derrumba, con un doble efecto negativo. Así como la unidad que imponía era forzada, también la diversidad que sigue a su derrumbe es conflictiva. Hoy, la tentación de Babel reaparece en una globalización perseguida sin fraternidad, en el ávido colonialismo financiero, en las imposiciones ideológicas, en todos esos «contactos sin vínculos» que reducen la vida humana al comercio (cf. Comisión Teológica Internacional, Quo vadis, humanitas?, 42). La ciencia misma, cuando se reduce a una técnica de poder, ya no sirve para elevar a la persona humana, sino que corre el riesgo de degradar los frutos del esfuerzo.
En particular, hoy disponemos de instrumentos capaces de conectar instantáneamente a personas y continentes, y sin embargo asistimos a nuevas formas de aislamiento, de miseria material y espiritual, de abandono. La comunicación se ha vuelto mucho más rápida, pero no necesariamente más veraz; la información es abundante, pero no coincide con la sabiduría. Sin una deontología compartida, los más variados canales de comunicación corren el riesgo de multiplicar informaciones falsas, o de usar palabras sin significado, obstaculizando el diálogo en lugar de favorecerlo.
La inteligencia artificial acentúa este problema: aunque estos sistemas son capaces de correlacionar datos, no pueden responder a las preguntas sobre el sentido de la existencia humana, que hunde sus raíces en la experiencia vivida. Y sin embargo, los seres humanos no pueden vivir sin sentido. El sentido es el oxígeno de la mente. Por eso los desafíos comunicativos, que son siempre desafíos educativos, imponen la cuestión de la verdad como tema de justicia social y de equidad histórica. Por eso la educación en este ámbito es esencial, y acojo con satisfacción la iniciativa de la UNESCO a través de su programa de "Alfabetización mediática e informacional" (AMI), que promueve el uso responsable de los medios y de las herramientas digitales.
En efecto, sin la verdad, el lenguaje termina sometiéndose a la lógica de la violencia y a la voluntad arbitraria de los poderosos. Así, los demás son excluidos en nombre del beneficio, y los inocentes son matados en nombre de la libertad. En lugar de respetar la ley, quien detenta el poder la invoca cuando sirve a sus intereses y la ignora cuando los limita, llegando incluso a tratar la justicia como una mercancía que se compra y se vende. Si reconocemos que la corrupción de la ley parte de la corrupción del corazón, podremos apreciar que cualquier ciencia corre el riesgo de perder sentido si se ejerce sin ética, dejando así de servir y de reflejar la dignidad humana.
A este respecto, exhorto a la comunidad internacional en su conjunto a dedicar una atención especial a la protección de los niños y los jóvenes. En la era digital, su vulnerabilidad no debe convertirse nunca en ocasión de explotación. Que estas tecnologías puedan sostener su crecimiento, su formación y sus relaciones, salvaguardando su libertad de pensar y discernir, y permaneciendo siempre al servicio de la dignidad de la persona humana.
La corrupción de la cultura de la que estamos hablando es rescatada en la plaza de Pentecostés. Allí, un mensaje de paz es acogido como buena noticia por todos los pueblos. Ese anuncio proclama la resurrección de Jesús, es decir, la victoria de la vida sobre la muerte, la salvación que da esperanza al mundo. El día de Pentecostés, la plaza se convierte en el lugar donde se celebra la paz que sana toda ofensa a la persona humana. Cada uno escucha este mensaje «en su propia lengua» y la comunión no impide en absoluto la diversidad (cf. Hch 2,8). Al contrario, permite que la diversidad florezca en la armonía de las voces y los rostros. En el anuncio de la paz, la variedad de las culturas se convierte en vehículo de una verdad universal. La enseñanza bíblica nos indica así el camino para alcanzar lo que todos buscamos: «esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo» (Homilía en la Celebración Eucarística de Inicio del Ministerio Petrino, 18 de mayo de 2025). No la prepotencia de Babel, sino la paz de Pentecostés hace posible esa comunión entre todos los pueblos. Cada cultura alcanza, por tanto, su más alta sabiduría cuando busca la paz y el bien de todos, dando testimonio del sentido auténtico de nuestra humanidad.
Quien trabaja en el campo de la educación sabe que solo la verdad nos hace libres. Quien enseña y quien investiga sabe que el error nos hace esclavos de la ignorancia y de la superstición. Cada vez que sintamos obstáculos a nuestra misión, recordemos que hay una sola tierra para todos, y una sola, común naturaleza humana. El ser humano no puede comprenderse separando lo que pertenece a un conjunto: cuerpo y alma, vida personal y relaciones, nuestra relación con los demás y con el ambiente. Todo forma parte de la unidad de nuestra existencia. Por eso, cultivar la tierra implica cultivar la humanidad que la habita. La educación y la ciencia están llamadas a esta tarea. En efecto, como enseña la etimología del término, toda cultura es cultivo. Renuevo, pues, el llamamiento de mis predecesores a cuidar juntos de la persona humana y de la creación: el Papa Benedicto XVI habló de la necesidad de una ecología de la persona humana, mientras que el Papa Francisco desarrolló la perspectiva de la ecología integral (cf. Benedicto XVI, Discurso al Parlamento federal, 22 de septiembre de 2011; Francisco, Carta enc. Laudato si', 137-162).
La piedra de toque que permite valorar este compromiso nuestro es el cuidado que tenemos por los más pequeños y por los pobres: niños en el seno materno y en los diversos escenarios de guerra, personas con discapacidades físicas e intelectuales, ancianos, migrantes y refugiados, y todos aquellos a quienes la soberbia excluye por considerarlos improductivos. Ellos son la prueba de nuestras afirmaciones sobre el respeto de la dignidad humana, cuya tutela y promoción se extienden también a la creación. En el extremo opuesto se sitúa una voluntad de explotación y de rapiña, que busca extraer todo lo posible de cada ser vivo, consumiendo sin cuidar y destruyendo sin cultivar. Por tanto, la actual crisis ecológica es una crisis antropológica; además, la Iglesia está convencida de que cada cultura lleva en sí una sabiduría, que madura en un ecosistema de los pueblos. Sí, el hábitat de la persona humana es, en efecto, la sociedad: no un ambiente meramente físico, como el desierto o el océano para los animales, sino un ambiente moral y relacional. En la paz social, los pueblos prosperan según la justicia.
En consecuencia, la UNESCO encuentra aquí la síntesis de sus elevadas tareas educativas y científicas: en el trabajo paciente de construcción de la paz. Ante las numerosas y complejas urgencias de nuestro tiempo, el mundo mira a las instituciones internacionales con sentimientos contrastantes. Por un lado, están llamadas a responder a desafíos que ningún Estado puede afrontar por sí solo. Por otro, esas mismas instituciones experimentan una crisis de eficiencia, especialmente cuando el diálogo se juzga como un freno a la acción en lugar de un recurso para la paz, como una forma de hipocresía en lugar de una oportunidad para buscar juntos el bien. Ante estas derivas, es necesario promover una virtud que hoy parece tan rara como deseada: la confianza; confianza en que las diferencias no constituyen necesariamente una amenaza; confianza en que la confrontación sincera puede generar un bien mayor que el que cada uno podría construir por sí solo. La Santa Sede desea infundir esta confianza en la UNESCO, como en las demás Organizaciones internacionales, consciente de que cada pueblo posee una riqueza que compartir a lo largo de la búsqueda de ese auténtico progreso, que solo la paz puede garantizar. No se trata de predicar un optimismo ingenuo, que ignore las dificultades, sino de perseverar en la esperanza de que el bien siempre es posible. Cada hijo que nace lleva consigo una esperanza. Cada hombre y cada mujer que dedica su vida a la búsqueda de la verdad realiza un acto de esperanza. Que la UNESCO sea, pues, testigo de esta esperanza, favoreciendo el entendimiento entre las Naciones mediante el diálogo entre sus respectivas culturas. Creemos, en efecto, que la educación es el instrumento para superar los temores recíprocos y que la ciencia puede servir a la vida de todo ser humano, sembrando en el presente la buena cosecha del futuro. Esta confianza alimenta nuestra esperanza en la caridad, es decir, en el servicio al bien del prójimo: dedicándonos todos con coherencia a nuestra magnífica humanidad, la paz podrá finalmente florecer.
Al colaborar en esta obra, las tradiciones religiosas desempeñan un papel culturalmente necesario e insustituible, y las religiones dan voz a nuestras preguntas sobre el origen de la vida y su fin, elaborando el sentido primero y último de la existencia, que se refleja en las decisiones cotidianas. En efecto, cuando los hombres y las mujeres de buena voluntad orientan sus acciones hacia Dios, el pluralismo de las culturas no se dispersa en el desorden de Babel. La humanidad se encuentra, en cambio, en una búsqueda común de sentido, orientada hacia un destino que no es la muerte. No caminamos hacia la nada. Por eso el alma humana, en su relación con Dios, siente todavía más intensamente la llamada a cultivar la paz mediante una alianza entre pueblos que se reconocen como hijos del mismo Padre y como hermanos y hermanas entre sí.
Deseo, pues, que nuestro encuentro refuerce el compromiso de cada uno de trabajar incansablemente, para que la conciencia de pertenecer a una única humanidad se haga más viva, operosa y recta. A este respecto, deseo expresar mi sincero agradecimiento a todo el personal de la UNESCO, que desempeña con competencia y dedicación esta misión tan elevada: edificar la paz cultivando toda ciencia y arte de la humanidad.
Confío estas palabras a todos ustedes, a los Pueblos que representan y, de manera especial, a los jóvenes. Son precisamente las nuevas generaciones, en efecto, las que observan con más atención nuestro obrar. Mientras sostenemos sus deseos de justicia, con gratitud y estima invoco sobre todos ustedes y sobre sus Naciones la abundancia de las bendiciones de Dios, Creador omnipotente y misericordioso. Gracias.
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