Sábado 26 Septiembre 2026 — Santa Misa en París, Plaza de la Concordia
15:00
Plaza de la Concordia y Campos Elíseos, París, Francia
⛪ Santa Misa
Santa Misa en París
📍 Plaza de la Concordia y Campos Elíseos, París, Francia
En la tarde de la segunda jornada del viaje apostólico a Francia, el Papa León XIV preside una gran Santa Misa al aire libre en la Plaza de la Concordia, a lo largo de los Campos Elíseos, ante una multitud estimada entre 700 mil y 800 mil personas: la primera vez que un Papa celebra la Eucaristía en esta plaza. En la homilía, centrada en el agua viva del Evangelio de Juan, el Pontífice recuerda que «ninguno de nosotros es un número en una identificación» e invoca la intercesión de los santos de Francia, desde Blandina hasta Vicente de Paúl, para que «surjan manantiales de agua viva en el seno del Pueblo de Dios».
Queridos hermanos y hermanas: Doy gracias a Dios por el don que me ha concedido de estar aquí, en esta Plaza de la Concordia, para celebrar la Eucaristía. Sí, ¡qué bueno y dulce es para los hermanos y hermanas convivir unidos, para proclamar la grandeza de Dios!…
Queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias a Dios por el don que me ha concedido de estar aquí, en esta Plaza de la Concordia, para celebrar la Eucaristía. Sí, ¡qué bueno y dulce es para los hermanos y hermanas convivir unidos (cf. Sal 132,1), para proclamar la grandeza de Dios! Que mi presencia entre ustedes confirme su fe y los anime a irradiar y transmitir sin cesar la vida, la paz y el amor de nuestro amado Señor Jesucristo.
«El que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37). Hermanos y hermanas, nuestra comunidad sedienta se abre paso hacia Cristo, fuente de agua viva; esa agua que sacia la sed y hace florecer la vida, esa agua del amor de Dios que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).
El deseo de Dios habita en lo más profundo de nuestro corazón, y clamamos con el salmista: «mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,3). Es el clamor de un hombre, humilde y apasionado, cuya sed más íntima y existencial no deja de crecer. Ahora bien, es Jesucristo, por su encarnación, quien sale al encuentro de cada persona en su historia y se le revela como la verdadera fuente de agua viva capaz de saciar su sed. No se trata tanto de una sed material, sino de una sed de sentido, de verdad y de plenitud que habita en el corazón de cada uno. Jesús responde a ese profundo deseo de relación, de comunión con Dios, en quien reside la plenitud de la vida para siempre.
En la primera lectura, el profeta Ezequiel veía cómo el agua brotaba del Templo y, al extenderse por el desierto, purificaba y fertilizaba todo (cf. Ez 47,1-2.8-9.12). Más tarde, san Juan verá brotar agua del costado traspasado de Jesús, al entregar el espíritu (cf. Jn 19,30-34). Todos pueden beber entonces de esta fuente para renacer y recibir el don del Espíritu, a fin de convertirse en hijos de Dios, en nuevas criaturas.
Hermanos y hermanas, hemos de reconocer que aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente. Cuando creemos que por fin hemos terminado nuestro trabajo y que nuestros esfuerzos han sido recompensados, muy a menudo resurge el vacío interior, aún más profundo. Entonces, para llenarlo, es posible que busquemos nuevos placeres, que queramos poseer cosas nuevas, que hagamos todo lo posible por “divertirnos” para no sentir ese malestar interior.
La Liturgia de la Palabra de hoy nos invita a examinar nuestro corazón: ¿cuál es nuestra sed más profunda? ¿Qué buscamos realmente en la vida? Todos anhelamos la felicidad, el amor y la plenitud. Pero, ¿en qué fuente buscamos saciar nuestra sed? ¿Nos conformamos con los bienes materiales, con las satisfacciones inmediatas, con esos pequeños ídolos tan numerosos que prometen la luna y las estrellas, pero dejan vacío nuestro corazón? Por el bautismo, hemos recibido el agua viva de la que habla el Evangelio, pero ¿realmente hemos encontrado a Cristo personalmente? El ser humano es, en esencia, un ser de deseo y sólo Dios puede llenar ese vacío interior.
Sí, hermanos y hermanas: Jesucristo, el Buen Pastor, nos conduce, como el pastor guía a sus ovejas, hacia la fuente de la felicidad y la paz. Él conoce a cada uno y cada una de nosotros por nuestro nombre. Ninguno de nuestros secretos, de nuestras intenciones, de nuestras debilidades se le escapa. Él escruta las profundidades de nuestro corazón. Él dio su vida por nosotros y sigue entregándola a través de los sacramentos. Lleva sobre sus hombros a las ovejas cansadas o heridas, y trae de regreso con delicadeza a las que se han descarriado. Jesús revela el amor incondicional de Dios por nosotros. Para Él, ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible.
Al verlos aquí reunidos, hermanos míos, herederos de una larga y hermosa historia de santidad en Francia, les digo: sacien también ustedes su sed en esta fuente, que es el Corazón de Jesús traspasado. Sí, tienen sed de Dios, de vida, de verdad, de unidad, de paz, de comunión, de felicidad. Aspiren a redescubrir un horizonte luminoso, a construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe. No guarden esta fe en Jesucristo sólo para ustedes, más bien dejen que se desborde para saciar y colmar a las personas con las que se encuentran. Les corresponde a ustedes llevar la esperanza allí donde reinan el desánimo y la sequía espiritual.
De hecho, al aceptar vivir en la verdad bajo la mirada de Jesús podemos ser auténticos, podemos ver nuestras vidas con lucidez. Ciertamente nuestras vidas son frágiles, vulnerables, destinadas a atravesar la muerte, pero también son maravillosas, milagrosas, capaces de renovarse en sus relaciones y de abrirse al amor verdadero.
«Beba el que cree en mí; […] “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”» (Jn 7,37.38). Al saciarnos de la fuente que es el Corazón de Cristo, nos convertimos nosotros mismos, como escribió Orígenes, en pozos, manantiales y ríos para los demás (cf. Homilía 12, 1, 2-3). En efecto, el creyente que bebe de ella se convierte también en fuente de vida gracias a su vínculo existencial con Cristo y transmite esa misma vida a su prójimo.
Queridos hermanos y hermanas, el agua viva del Espíritu Santo se ha derramado en abundancia y sigue dando fruto en la Iglesia a través de los misioneros y los testigos presentes en todas las culturas y entre todos los pueblos. Esta agua fecunda cuanto se deja tocar y transformar por ella para producir su fruto, es decir, la santidad de quienes adoran al Dios verdadero y sirven a sus hermanos y hermanas con caridad y generosidad. En este hermoso país que es Francia, muchos se han saciado de esta agua viva a lo largo de los siglos y han consagrado totalmente su vida al bien: los primeros mártires como Blandina, Potino e Ireneo; los santos fundadores y fundadoras de órdenes religiosas, los santos obispos como Martín de Tours y Francisco de Sales; los hombres y mujeres con un corazón sensible a las necesidades de sus semejantes, como Vicente de Paúl, Federico Ozanam, Juana Jugan y muchos otros. Aún hoy, son muy numerosos en nuestra sociedad, en nuestras parroquias y en nuestras diversas actividades quienes continúan comprometiéndose a favor de la vida, la familia, la verdad, la paz, la fraternidad y la justicia.
Desde esta hermosa ciudad de París, rezo con fervor para que el agua viva del Espíritu Santo se derrame sobre toda Francia. Pienso en ustedes, queridas familias, quienes, a pesar de las múltiples dificultades que enfrentan a diario, perseveran valientemente en su misión. Les agradezco de corazón por todo el bien que se realiza a través de ustedes; que nunca se agote en sus vidas la presencia concreta de Jesús. Pienso en ustedes, queridos jóvenes: son la Iglesia de hoy. ¡Qué hermoso es ver su entusiasmo, su dinamismo, su compromiso y la alegría que llevan a las comunidades cristianas! Pienso también en ustedes, queridos catecúmenos y neófitos, que emprenden el camino de la fe, de la conversión y de la iniciación cristiana. Que puedan dar testimonio, a quienes los rodean, del camino que están recorriendo y motivarlos a que, a su vez, se planteen preguntas. Que el don del Espíritu Santo los convierta en testigos vivos, dispuestos a difundir a su alrededor la civilización del amor.
Hermanos y hermanas: dirijamos nuestra mirada hacia la Madre de Dios, Fuente de Salvación, aquella que guía nuestras vidas hacia su Hijo, autor de toda gracia. Con su “sí” libre y confiado, ella se convirtió en el humilde receptáculo querido por Dios, en el que el amor del Padre se encarnó para entregarse al mundo.
Invoquémosla con confianza para que, por su intercesión, surjan manantiales de agua viva en el seno del Pueblo de Dios y hagan florecer por toda Francia los brotes de la fe, la esperanza y la caridad. Amén.
Por la mañana el Papa León XIV visita la Maison Bakhita, centro de acompañamiento e integración social para personas exiliadas, saludando a los huéspedes y al personal del centro, dedicado a Santa Josefina Bakhita.
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Visita a la Maison Bakhita
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Momentos destacados de la visita a la Maison Bakhita
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La directora de la Maison Bakhita presenta al Papa la realidad del centro
El Papa saluda a los participantes en el encuentro
El Papa saluda a Lise-Marie
Regalos para el Papa de parte de los huéspedes del centro
Visita al Centro de acompañamiento e integración social Maison Bakhita (traducido)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Me alegra comenzar con ustedes este segundo día en París, en esta casa que da testimonio a toda la ciudad de que es posible encontrarse y convivir con dignidad y paz. Doy las gracias a la Arquidiócesis de París, a las Hermanas Escalabrinianas…
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Me alegra comenzar con ustedes este segundo día en París, en esta casa que da testimonio a toda la ciudad de que es posible encontrarse y convivir con dignidad y paz. Doy las gracias a la Arquidiócesis de París, a las Hermanas Escalabrinianas y a todos los operadores y voluntarios que dan vida a este lugar y están al servicio de quienes encuentran aquí acogida, escucha, formación y amistad. Dirijo un agradecimiento especial a quienes han compartido su testimonio.
El nombre de vuestro Centro de acompañamiento e integración social, que hace referencia a Santa Bakhita, nos estimula a reconocer el papel fundamental de las mujeres en la construcción de una civilización del amor, alternativa a la cultura que desintegra las comunidades y enferma de soledad a las ciudades. La historia de la Iglesia y de la humanidad, bien mirada, no la escriben quienes parecen vencer, imponiéndose y ocupando el espacio, sino quienes «hacen espacio», ponen en marcha procesos de paz, generan confianza y alientan la vida. No se trata de simples sentimientos, sino de decisiones y compromisos a contracorriente, cuya relevancia pública y promesa de futuro comprendemos cada vez mejor. Santa Bakhita nos compromete a ver a quien no es visto, a rescatar a quien hoy la economía y la cultura esclavizan, a honrar la dignidad infinita de cada hermano y hermana, en quienes el mismo Jesús llama a nuestra puerta.
Queridísimos, la realidad es que los pobres, para los cristianos, no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no basta con limitarse de modo genérico a enunciar la doctrina de la encarnación de Dios; para entrar verdaderamente en este misterio hay que precisar que el Señor se hace carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada. Cristo pobre y crucificado se deja encontrar y amar en hombres y mujeres que nos llaman a salir de nosotros mismos y a atrevernos a la caridad.
Hermanas y hermanos, la intuición más importante que inspira vuestro compromiso se refiere al intercambio de dones que se renueva en cada encuentro. Nadie es tan pobre que no tenga algo que dar; nadie es tan rico que no tenga algo que recibir. Hay vida en abundancia allí donde el límite de cada uno se abre a la misteriosa presencia de los demás, en quienes es el Otro por excelencia, el Dios de la vida, quien se hace cercano. Esto no niega la fatiga que el pecado ha introducido en la historia, pero nos ayuda a no quedar prisioneros de ella. Anunciamos que la redención es posible, ha comenzado, está en curso y nos involucra, como miembros vivos del Cuerpo de Cristo.
Y no olvidemos que «no puede el ojo decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No os necesito. Al contrario, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios». Son palabras de San Pablo a los cristianos de Corinto, una de las metrópolis más ricas y dinámicas de su tiempo. Allí el Evangelio había sido acogido por personas de diversa procedencia y condición social, entre ellas muchos pobres y esclavos, como algunos de ustedes hoy. «Pero Dios —escribe también el Apóstol— ha dispuesto el cuerpo dando mayor honor a lo que carecía de él, para que no haya división en el cuerpo, sino que los diversos miembros se preocupen los unos de los otros».
Os agradezco, pues, vuestro trabajo, junto con el de todas las personas que, en toda Francia, realizan este servicio en instituciones similares. Continuad dando testimonio de ese cuidado mutuo que, a través de la acogida fraterna, los itinerarios formativos, el diálogo con la ciudad, eleva el espíritu y humaniza el mundo. Que intercedan por vosotros Santa Bakhita y los grandes testigos de la caridad que han modelado la presencia de la Iglesia en Francia, especialmente en las épocas de cambios más turbulentos. ¡Gracias! El Señor os bendiga.
El Papa se reúne en el Instituto Católico de París con los miembros de la Asamblea sinodal provincial, junto con catecúmenos y neófitos, con un discurso sobre el camino sinodal de la Iglesia en Francia. El Instituto ocupa el antiguo convento de los Carmelitas Descalzos donde en 1630 entró en religión el Hermano Lorenzo de la Resurrección, autor de "La práctica de la presencia de Dios", uno de los escritos espirituales preferidos del Papa; la visita llega en un momento de fuerte aumento de los bautismos de adultos y jóvenes en Francia.
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Encuentro con la Asamblea sinodal provincial
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Momentos destacados del encuentro con la Asamblea sinodal provincial
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El encuentro con el Papa en el Instituto Católico de París
Josué, uno de los catecúmenos que dio su testimonio
Encuentro con la Asamblea Sinodal Provincial, los Catecúmenos y los Neófitos
Excelencia, queridos sacerdotes y consagrados, estimados miembros de la Asamblea sinodal, queridos catecúmenos y neófitos, hermanos y hermanas todos: Me alegra encontrarme con ustedes y poder detenerme, dentro del marco de este Viaje Apostólico, en el camino que están recorriendo como Asamblea Eclesial Provincial…
Excelencia, queridos sacerdotes y consagrados, estimados miembros de la Asamblea sinodal, queridos catecúmenos y neófitos, hermanos y hermanas todos:
Me alegra encontrarme con ustedes y poder detenerme, dentro del marco de este Viaje Apostólico, en el camino que están recorriendo como Asamblea Eclesial Provincial.
Agradezco a Su Excelencia Mons. Laurent Ulrich, arzobispo de París, que haya recordado la importancia histórica y espiritual del lugar en el que nos encontramos, evocando también al hermano Lorenzo de la Resurrección, que marcó profundamente mi camino de fe con su mística de la vida cotidiana. Sobre todo, expreso mi gratitud por el Instrumentum Laboris que me han entregado, fruto de un camino eclesial en el que ha participado el Pueblo de Dios, con espíritu de escucha recíproca y de sinodalidad.
El Institut Catholique de Paris nos acoge hoy; una institución situada en la confluencia entre la ciencia y la fe que, desde hace siglos, contribuye a formar las mentes y los corazones al servicio del Evangelio. Saludo a los profesores, a los estudiantes y al personal de esta universidad, así como a todos los miembros de la Asamblea sinodal de la Provincia eclesiástica de París, comprometidos en reflexionar sobre las perspectivas pastorales para acoger a los neófitos y a los catecúmenos, así como sobre la vida de la Iglesia.
Al observar de cerca el trabajo que están realizando, pero principalmente al escuchar los conmovedores testimonios de Josué, Marielle y Sophie, siento ante todo una profunda gratitud por la obra imprevisible de Dios. Como ustedes y junto con ustedes, estoy maravillado por el número de personas que hoy se acercan al umbral de la fe y los numerosos adultos que piden recibir los sacramentos de la iniciación cristiana.
Puede parecer paradójico que este fenómeno de tantas personas que redescubren el Evangelio y abrazan la fe se produzca en el contexto de una sociedad como la francesa, marcada por una cultura fuertemente secularizada. Su experiencia y su testimonio, queridos catecúmenos y neófitos, son un signo tangible de la obra de la gracia de Dios, que supera los análisis estadísticos y sociológicos. Este fenómeno, que contradice toda actitud derrotista y aquello que el Papa Francisco llamaba el «pesimismo estéril» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 84-86), debe ser acogido con espíritu de responsabilidad.
Estamos llamados, en efecto, a volvernos hacia nuestros hermanos y hermanas, redescubriendo el estilo propio de Dios, hecho de cercanía, compasión y ternura. Con ternura pastoral y caridad fraterna, debemos reconocer, acoger y custodiar la pequeña llama que el Espíritu Santo ha encendido en la oscuridad de la noche, la pequeña semilla que aspira a crecer, incluso en medio de espinas y zarzas.
El asombro ante lo que está sucediendo a tantos de nuestros hermanos y hermanas no debe encerrarnos en una satisfacción ingenua; debe impulsarnos a comprometernos, a buscar, a interrogarnos y a emprender acciones pastorales concretas. Este es el espíritu que anima su Asamblea sinodal y, más ampliamente, el camino de la Iglesia en Francia: maravillados ante la obra imprevisible de Dios, ¿qué debemos hacer y hacia dónde nos impulsa el Espíritu Santo para acompañar a los catecúmenos, a los neófitos y a quienes retoman el camino de la fe?
En primer lugar, quisiera recordar una expresión utilizada por el episcopado francés hace ya muchos años, cuando exhortaba a imaginar y encarnar una Iglesia «en estado de iniciación», capaz de cuidar de los catecúmenos, de los neófitos y de quienes recomienzan su camino, ofreciéndoles un acompañamiento sólido a lo largo del tiempo. La iniciación cristiana en su conjunto estuvo, en efecto, en el centro de la solicitud de los pastores desde los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Las peticiones eran ya numerosas, y la efervescencia teológica y litúrgica de aquellos años contribuyó en gran medida a la renovación de los itinerarios catecumenales que se produjo después durante el Concilio Vaticano II. Aunque el contexto actual es diferente, pueden remitirse a esta tradición pastoral, bien arraigada, relativa a la iniciación de los catecúmenos. Tampoco olvidemos que esta práctica, ya existente, recibió un nuevo impulso a partir de 1996, año en que fueron publicados la Carta a los católicos de Francia y, paralelamente, la última edición francesa del Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos.
Queridos hermanos y hermanas: estar «en estado de iniciación» significa acoger a quienes comienzan a buscar a Dios descubriendo en ello una oportunidad y una misión. La oportunidad consiste en que, gracias a ellos, la comunidad de los creyentes renueva también su propio camino de fe y descubre de nuevo la alegría del Evangelio. La misión consiste en cuidarlos y servirles de guía, incluso después de que hayan recibido los sacramentos. Conviene acoger con alegría a quienes se acercan, partir de su experiencia espiritual, respetar su historia y favorecer un anuncio esencial del kerigma, especialmente mediante fórmulas conocidas dentro del itinerario personal o comunitario. No olvidemos, sin embargo, que en muchas de estas personas surge después la pregunta que hemos escuchado en el testimonio de Marielle: ¿cómo evitar el «vacío» posterior al bautismo?
Es esencial, entonces, acompañar e integrar plenamente a estas personas en nuestras comunidades y en nuestras asambleas de oración después de su bautismo, ofreciéndoles un ambiente familiar y una formación lo más integral posible, capaz de abarcar los distintos aspectos de la vida cristiana y de favorecer la unidad entre su fe y su vida. Los neófitos, en efecto, suelen tener sed y necesidad de profundizar en los fundamentos de la fe y de la oración cristiana, de recibir una adecuada formación bíblica y teológica, de descubrir cada vez más la riqueza de la doctrina y las distintas dimensiones de la conducta moral cristiana ligada a la profesión de fe.
Necesitan igualmente ser iniciados e introducidos en la vida litúrgica de la Iglesia. En los testimonios hemos escuchado cómo, para algunos, la celebración de los ritos litúrgicos fue una puerta de entrada al misterio de la fe. Una vez atravesada esa puerta, es preciso avanzar y descubrir la riqueza de la liturgia que sostiene toda la vida de fe. Se trata de un ámbito de la vida de la Iglesia que requiere una atención pastoral arraigada en las enseñanzas del Concilio Vaticano II. La liturgia, en efecto, no puede considerarse una realidad “posterior” a la catequesis, como si en ella se pusiera simplemente en práctica lo aprendido durante el itinerario. La liturgia manifiesta y actualiza el misterio de la Pascua de Cristo y, por ello, es el acontecimiento capaz de revelar el sentido de la Buena Nueva y de comunicar la vida misma de Dios. Con sus ritmos, sus lenguajes y sus ritos, forma parte integrante del propio camino de conversión y de preparación a los sacramentos.
Para llevar adelante esta misión, el papel de los formadores es esencial. Como nos enseña la antigua tradición de la Iglesia, es necesario preparar padrinos y madrinas de la comunidad, especialmente formados para acompañar la iniciación de los neófitos. Dentro de esta formación, recomiendo un conocimiento profundo del Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos. Al mismo tiempo, es necesario que los agentes pastorales reciban formación —no sólo en el ámbito bíblico, teológico, litúrgico y de la vida espiritual, sino también en el de las cualidades humanas—, de modo que sepan discernir y orientar a quienes recorren itinerarios vitales más complejos y menos lineales. Lo hemos escuchado hace un momento: algunos llegan movidos simplemente por una sed espiritual, por la búsqueda de sentido y por una atracción hacia el Evangelio; otros están marcados por experiencias dolorosas, situaciones de soledad y heridas profundas. Es ahí donde el estilo de la cercanía, la compasión y la ternura adquiere todo su sentido: es preciso encontrar un sabio equilibrio para acogerlos, escucharlos y, al mismo tiempo, animarlos a afrontar las exigencias de la fe. Es un camino en el que conviene respetar el ritmo del otro, avanzando gradualmente, con atención y en un acompañamiento fraterno. Se trata de asumir el estilo de “caminar juntos”. En los senderos de la fe cristiana nos enriquecemos mutuamente y crecemos juntos: sacerdotes y laicos, padrinos y catecúmenos, agentes pastorales y neófitos.
Me viene a la mente lo que sucedió con uno de los catecúmenos más célebres de la historia, san Agustín. Fue iniciado en la fe por san Ambrosio, y su fe era apenas una pequeña semilla cuando recibió el bautismo. Pero aquella semilla creció y se multiplicó, hasta convertirse en un árbol tan grande que, bajo su follaje, todavía hoy podemos encontrar consuelo.
Al mirarlos, queridos catecúmenos y neófitos, veo el fruto del Espíritu que los ha puesto en camino y, al mismo tiempo, una promesa de fecundidad para la Iglesia en Francia. ¡Sean ustedes también misioneros del Evangelio en esta sociedad!
Que los grandes testigos de esta tierra tan querida los sostengan en su camino. Pienso en santa Teresa del Niño Jesús, que con su “caminito” nos enseña cómo la confianza abre las puertas de la gracia; recuerdo a san Martín de Tours, figura emblemática del compartir y de la caridad fraterna. Junto con tantos otros santos y santas nacidos en esta tierra de Francia, nos recuerdan que la misión se construye hoy custodiando ante todo la presencia del Señor en la vida cotidiana.
Acogiéndose unos a otros, formen todos juntos el pueblo vivo de la Iglesia en Francia, capaz de transmitir la fe. Invocando la protección maternal de la Virgen María, Patrona principal de Francia, y la intercesión de santa Genoveva y de san Dionisio, protectores de esta ciudad, les imparto de corazón mi bendición.
Por la noche el Papa León XIV viaja en avión desde París/Orly y llega al aeropuerto de Tarbes-Lourdes-Pyrénées; llega a Lourdes a las 19 en punto y, antes de dirigirse en oración silenciosa a la Gruta de Massabielle, inaugura el "Puente León XIV", un paso sobre el Gave que data de 1930 y restaurado en 2026. Realiza después los ritos tradicionales del peregrino: reza de rodillas, toca la roca, bebe el agua de la fuente ofrecida por el rector del Santuario, el padre Michel Daubanes, deposita una vela y entrega una Rosa de Oro, encomendando a la Virgen a Francia y las intenciones de los enfermos y sufrientes presentes.
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Oración del Papa León XIV en la Gruta de Massabielle
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Momentos destacados de la oración en la Gruta de las Apariciones
Oración en la Gruta de las Apariciones de Massabielle (tradotto)
Nuestra Señora de Lourdes, la Inmaculada Concepción, en este lugar bendito donde hablaste, con tanta dulzura y ternura, a santa Bernardita, humilde hija del pueblo de Francia, para transmitir al mundo un luminoso mensaje de oración, de conversión y de esperanza, acudimos a ti con confianza…
Nuestra Señora de Lourdes, la Inmaculada Concepción, en este lugar bendito donde hablaste, con tanta dulzura y ternura, a santa Bernardita, humilde hija del pueblo de Francia, para transmitir al mundo un luminoso mensaje de oración, de conversión y de esperanza, acudimos a ti con confianza; porque tú eres la Madre que Jesús nos ha dado y estás atenta a todas nuestras necesidades.
Te rogamos, Madre nuestra, por Francia, de la que eres Patrona y que durante tantos siglos has rodeado con tu protección. Obtén para su pueblo el don de la concordia fraterna. Que pueda construir una sociedad armoniosa, que destierre toda violencia y todo odio, que permita a cada uno trabajar, fundar una familia y vivir plenamente su vida en la tranquilidad y la serenidad. Que los más desafortunados y los más pobres sean siempre sostenidos. Obtén para Francia gobernantes sabios y generosos, dispuestos al sacrificio de sí mismos, capaces de afrontar los desafíos y deseosos de servir al bien común. Que la mantengan en paz en el concierto de las naciones. Que hagan oír su voz para promover la defensa de los derechos humanos fundamentales y la paz en el mundo, rechazando para siempre las lógicas de guerra.
Santa Virgen María, te presentamos al Pueblo de Dios que camina en este país que tú has marcado tanto con tu cercanía. Renueva la fe y el fervor de las familias cristianas, tan queridas a tu corazón, para que vivan día a día de la presencia de Jesús, de su gracia y de su apoyo en las dificultades que atraviesan. Que estén generosamente abiertas a la vida y que Dios suscite en ellas vocaciones, en particular sacerdotales y religiosas. Concede a tu Iglesia en Francia indicar, especialmente a los más jóvenes, el camino luminoso del Evangelio para construir una sociedad justa y fraterna a la que aspiran.
Finalmente, Madre llena de amor, te confiamos nuestras intenciones personales más urgentes, en particular las de las personas enfermas y sufrientes, así como las de todos los que las acompañan, venidos juntos a buscar fuerza y curación en la fuente de Massabielle. Te confiamos a nuestros seres queridos y a nuestros difuntos. Elimina, te lo pedimos, todos los obstáculos que todavía nos separan de tu amado Hijo y haz que Él reine en todos los corazones.