Por la mañana el Papa León XIV visita la Maison Bakhita, centro de acompañamiento e integración social para personas exiliadas, saludando a los huéspedes y al personal del centro, dedicado a Santa Josefina Bakhita.
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Visita a la Maison Bakhita
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Momentos destacados de la visita a la Maison Bakhita
📷 Fotos
La directora de la Maison Bakhita presenta al Papa la realidad del centro
El Papa saluda a los participantes en el encuentro
El Papa saluda a Lise-Marie
Regalos para el Papa de parte de los huéspedes del centro
Visita al Centro de acompañamiento e integración social Maison Bakhita (traducido)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Me alegra comenzar con ustedes este segundo día en París, en esta casa que da testimonio a toda la ciudad de que es posible encontrarse y convivir con dignidad y paz. Doy las gracias a la Arquidiócesis de París, a las Hermanas Escalabrinianas…
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Me alegra comenzar con ustedes este segundo día en París, en esta casa que da testimonio a toda la ciudad de que es posible encontrarse y convivir con dignidad y paz. Doy las gracias a la Arquidiócesis de París, a las Hermanas Escalabrinianas y a todos los operadores y voluntarios que dan vida a este lugar y están al servicio de quienes encuentran aquí acogida, escucha, formación y amistad. Dirijo un agradecimiento especial a quienes han compartido su testimonio.
El nombre de vuestro Centro de acompañamiento e integración social, que hace referencia a Santa Bakhita, nos estimula a reconocer el papel fundamental de las mujeres en la construcción de una civilización del amor, alternativa a la cultura que desintegra las comunidades y enferma de soledad a las ciudades. La historia de la Iglesia y de la humanidad, bien mirada, no la escriben quienes parecen vencer, imponiéndose y ocupando el espacio, sino quienes «hacen espacio», ponen en marcha procesos de paz, generan confianza y alientan la vida. No se trata de simples sentimientos, sino de decisiones y compromisos a contracorriente, cuya relevancia pública y promesa de futuro comprendemos cada vez mejor. Santa Bakhita nos compromete a ver a quien no es visto, a rescatar a quien hoy la economía y la cultura esclavizan, a honrar la dignidad infinita de cada hermano y hermana, en quienes el mismo Jesús llama a nuestra puerta.
Queridísimos, la realidad es que los pobres, para los cristianos, no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no basta con limitarse de modo genérico a enunciar la doctrina de la encarnación de Dios; para entrar verdaderamente en este misterio hay que precisar que el Señor se hace carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada. Cristo pobre y crucificado se deja encontrar y amar en hombres y mujeres que nos llaman a salir de nosotros mismos y a atrevernos a la caridad.
Hermanas y hermanos, la intuición más importante que inspira vuestro compromiso se refiere al intercambio de dones que se renueva en cada encuentro. Nadie es tan pobre que no tenga algo que dar; nadie es tan rico que no tenga algo que recibir. Hay vida en abundancia allí donde el límite de cada uno se abre a la misteriosa presencia de los demás, en quienes es el Otro por excelencia, el Dios de la vida, quien se hace cercano. Esto no niega la fatiga que el pecado ha introducido en la historia, pero nos ayuda a no quedar prisioneros de ella. Anunciamos que la redención es posible, ha comenzado, está en curso y nos involucra, como miembros vivos del Cuerpo de Cristo.
Y no olvidemos que «no puede el ojo decir a la mano: No te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: No os necesito. Al contrario, los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios». Son palabras de San Pablo a los cristianos de Corinto, una de las metrópolis más ricas y dinámicas de su tiempo. Allí el Evangelio había sido acogido por personas de diversa procedencia y condición social, entre ellas muchos pobres y esclavos, como algunos de ustedes hoy. «Pero Dios —escribe también el Apóstol— ha dispuesto el cuerpo dando mayor honor a lo que carecía de él, para que no haya división en el cuerpo, sino que los diversos miembros se preocupen los unos de los otros».
Os agradezco, pues, vuestro trabajo, junto con el de todas las personas que, en toda Francia, realizan este servicio en instituciones similares. Continuad dando testimonio de ese cuidado mutuo que, a través de la acogida fraterna, los itinerarios formativos, el diálogo con la ciudad, eleva el espíritu y humaniza el mundo. Que intercedan por vosotros Santa Bakhita y los grandes testigos de la caridad que han modelado la presencia de la Iglesia en Francia, especialmente en las épocas de cambios más turbulentos. ¡Gracias! El Señor os bendiga.