Por la tarde el Papa León XIV se reúne con los enfermos, voluntarios y personal del Accueil Notre-Dame, la estructura de acogida de los peregrinos enfermos del Santuario de Lourdes, activa desde hace más de 150 años. En su discurso afirma que la dignidad de la persona humana «no se mide y no se discute» y que «la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión debe ser firmemente rechazada», reafirmando que «la medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada». A los enfermos les dice: «no sois una carga, sois el corazón palpitante de nuestra humanidad y un tesoro precioso para la Iglesia». Al final regala al Accueil una reproducción en cerámica vidriada de la Anunciación de Andrea della Robbia (1475), y luego sube al quinto piso de la estructura para saludar a otros enfermos antes de dirigirse a pie al Carmelo.
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Visita al Accueil Notre-Dame de Lourdes
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Momentos destacados de la visita al Accueil Notre-Dame
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El discurso del Papa en el Accueil Notre-Dame de Lourdes
El Papa saluda a los enfermos y voluntarios del Accueil
Un momento del encuentro con los peregrinos enfermos
El regalo del Papa al Accueil Notre-Dame: la cerámica de la Anunciación
Encuentro con los enfermos y el personal sanitario en el Accueil Notre-Dame
Queridos hermanos y hermanas, queridos amigos enfermos, es una gran alegría para mí pasar este momento con vosotros, aquí, en Lourdes, donde, desde hace más de ciento cincuenta años, peregrinos de todo el mundo vienen a confiar a Jesús, por medio de María, sus sufrimientos, ya sean físicos, psicológicos o espirituales…
Queridos hermanos y hermanas, queridos amigos enfermos,
Es una gran alegría para mí pasar este momento con vosotros, aquí, en Lourdes, donde, desde hace más de ciento cincuenta años, peregrinos de todo el mundo vienen a confiar a Jesús, por medio de María, sus sufrimientos, ya sean físicos, psicológicos o espirituales. Aquí la fragilidad no se esconde, sino que se convierte en lugar de un encuentro sagrado.
Este año, el tema pastoral del Santuario retoma el saludo del ángel Gabriel a María: «Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo» (Lc 1,28). Pone de relieve este maravilloso intercambio entre dos miradas, la del mensajero del Señor y la de María. En este cara a cara, la humildad y la generosidad de una joven muchacha permiten a Dios llevar a cabo su obra de salvación. María no se guardó al Señor para sí, sino que lo ofreció al mundo, diciendo a cada uno de nosotros: «El Señor está contigo». Esta verdad es el fundamento de nuestra dignidad como personas. Y aquí María mira a cada uno de nosotros como una persona única, como atestigua santa Bernadette durante las apariciones en la gruta. Esta mirada materna nos reafirma que nadie es invisible a los ojos de Dios.
En una época en que algunas sociedades tienden a apartar la mirada o a cerrar los ojos ante la dignidad de la vida humana, «urge ante todo cultivar, en nosotros mismos y en los demás, una mirada contemplativa […]. Es la mirada de quien ve la vida en su hondura, captando sus dimensiones de gratuidad, de belleza, de invitación a la libertad y a la responsabilidad. Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un don, descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona su imagen viviente (cf. Gn 1,27; Sal 8,6). Esta mirada […] se abre a descubrir en el rostro de cada persona un llamamiento al encuentro, al diálogo, a la solidaridad» (S. Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae, 83), para que el mundo tenga vida.
En el diálogo de la Anunciación, mientras el Señor posa en Ella su mirada, María descubre que es la elegida de Dios. Pero, en el centro de este encuentro, es cada uno de nosotros quien descubre que está personalmente llamado y profundamente destinado al amor de Dios, que es fuente de vida. La persona humana es, en efecto, «digna» por el simple hecho de existir y de tener como fin la eternidad. Su dignidad no se mide y no se discute.
Sé que para algunos de vosotros, a causa de patologías particulares y de dolores a veces terribles, el horizonte puede parecer sombrío, incierto, sin salida. Pero ninguna ley humana debe haceros perder la certeza de vuestra dignidad. Al contrario, es precisamente en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana que la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión debe ser firmemente rechazada. Es imposible considerar normal quitar la vida. Lo que es legal no es necesariamente moral.
Aquí en Lourdes, ciudad de los enfermos y de la esperanza, invito a toda la comunidad de agentes sanitarios a recordar el significado profundo de su vocación: cuidar a una persona que sufre, y no eliminarla. Sí, queridos amigos, ¡sed servidores apasionados de la vida! Nadie tiene el derecho, nunca, «sobre la base de algoritmos de laboratorio, de decidir la vida de un determinado embrión o de una determinada persona anciana. ¡La medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada!» (Discurso a los miembros de la Fondation Jérôme Lejeune, 22 de junio de 2026). En este sentido, os invito, por un lado, a desarrollar sin descanso las estructuras de cuidados paliativos y de investigación; por otro, a acompañar con ternura a los enfermos, como ocurre aquí en Lourdes, donde médicos, enfermeros, camilleros, capellanes, equipos pastorales de los enfermos y muchos otros ejercen su vocación al servicio de la dignidad de la persona humana, para que el mundo tenga vida. Cuidando los cuerpos, cuidáis también las almas. A vosotros, queridos miembros de las asociaciones de hospitalidad, pero también a vosotros, agentes sanitarios, que os dedicáis al servicio de vuestros hermanos y hermanas, os expreso toda mi gratitud. Queridos hermanos y hermanas enfermos, quiero deciros: no sois una carga, sois el corazón palpitante de nuestra humanidad y un tesoro precioso para la Iglesia. Acompaño con la oración las pruebas que estáis atravesando. Mi pensamiento va a todos aquellos que no pueden estar aquí y que, desde sus casas o desde sus habitaciones de hospital, están unidos a nuestro encuentro. Os confío a todos al amor materno de la Madre del Señor, pidiéndole que os obtenga los consuelos de su Hijo Jesús. ¡Que Dios os bendiga y os proteja!