Por la mañana, el Papa León XIV recibe en audiencia a la Comisión Internacional de las Monjas Dominicas Contemplativas, pocos días después del reconocimiento de las virtudes heroicas de la Sierva de Dios sor Maria Petra Giordano, monja profesa de la Orden de Predicadores. Recordando la tradición de Santo Domingo y Santo Tomás de Aquino, según los cuales «toda palabra de anuncio, para ser verdadera, debe originarse en el silencio», el Pontífice exhorta a las religiosas a no preguntarse «cómo mantener estructuras que se vacían», sino a «escuchar, más bien, lo que el Espíritu pide, hoy, a la vida contemplativa dominicana», custodiando «un fuego que arde y que no se puede dejar morir», como decía Santa Catalina de Siena. Enumera las dificultades de la vida religiosa actual —comunidades que envejecen, disminución de las vocaciones, problemas económicos, gestión de inmuebles onerosos, desafíos de la formación compartida y de la interculturalidad— advirtiendo contra la «tentación del espíritu de supervivencia» que lleva al aislamiento y a la reducción de los compromisos. Invita a las comunidades a ser «oasis de verdadera y profunda paz», donde «calle el afán caótico» ligado a las cosas exteriores, y concluye deseando monjas «unidas sin uniformarse, fieles a la tradición y abiertas a lo nuevo, contemplativas porque son capaces de llevar el mundo ante Dios».